Mucho le gustaba a Carlos Casares escuchar, cada 25 de julio, las campanas de Compostela. Preferentemente a primera hora de la mañana, cuando la ciudad del Apóstol, en el día grande de Noso Señor Santiago, aún estaba abriendo los ojos, y la plaza del Obradoiro -en su opinión, la más hermosa de todas las plazas del mundo- todavía estaba desierta. Hay algo en la música de las campanas -incluso en la de las campanas más modestas, como las de las pequeñas ermitas de la Terra Chá, que son tan hermosas bajo al luz y la paz del crepúsculo, cuando toda la Chaira se convierte en una casa en la que siempre quieres estar de vuelta- que conmueve profundamente a quien habita el convencimiento de que siguen caminando a nuestro lado, a través del inmenso misterio que nos envuelve, aquellos a los que ya no vemos. No hay campana -todas ellas rezan, sin necesidad de palabras, por la humanidad entera, por vivos y muertos- a la que no se escuche con atención en el cielo y donde Europa comienza. Aunque después, como es normal, cada uno tenga sus preferencias. Habría que preguntarle a Monseñor García Amor, prelado de honor de Su Santidad el Papa, extraordinario músico, gran conocedor de la ciudad de Roma y una de las personas más generosas que caminan sobre la faz de la tierra («Antes de que me preguntedes nada, xa vos adianto que, se está na miña man, vouvos dicir que si a calquera cousa que me veñades pedir»), cuál es la mejor campana del mundo. Si me permiten un pequeño apunte personal, les confesaré que yo soy un gran devoto de la Berenguela compostelana y de la Paula mindoniense, pero también de las campanas de Sillobre, naturalmente.

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Campanas