Fiesta, a pesar de todo


Hoy tengo una cita con la tradición y con mi familia: el primer domingo de julio es fiesta en mi pueblo. Un día distinto, que viene de lejos, nada menos que de la segunda mitad del siglo XIX. En mi casa se celebró siempre, salvo los años de luto por la muerte de algún familiar. Era un día de alegría colectiva: empezaba el verano, estrenábamos zapatos y ropa nueva, los mayores se arreglaban y parecían más jóvenes, y los vecinos lo disfrutaban con esa alegría natural de la gente sencilla. Los tiempos han cambiado, pero, por suerte, hay cosas que siguen en su sitio, como la buena costumbre de mi familia de reunirse este día para comer, hablar de nuestras cosas, interesarse por los mayores y por los más jóvenes, y, en definitiva, pasar una jornada agradable con la gente que comparte nuestro afecto. Y así, desde mi tío Pepe con sus 93 años hasta mis primos adolescentes, una veintena de hermanos, primos, y sobrinos disfrutamos de un día distinto, que se enmarca en un contexto también de alegría compartida porque en las demás casas están celebrando lo mismo. Aquí, el que falta a la cita, es por motivos serios.

Pero antes de que llegue el personal, tengo la costumbre de asomarme a la ventana de mi habitación y, delante de la huerta silenciosa, me dejo llevar por los recuerdos que me trasladan a tiempos pasados, y que me devuelven la imagen de personas que ya solo viven en la nostalgia (mis primas, para hacer lo mismo, van a la misa solemne). Es una especie de homenaje personal a nuestra gente que ya no está. Y siempre acabo enmarañado en una reflexión existencial, que tiene poco que ver con la fiesta, pero sí con nuestra contingencia y con el paso inexorable del tiempo. Pienso, por ejemplo, en cuántas vidas, cuántas combinaciones, casualidades y coincidencias se tuvieron que dar para que yo haya llegado a ser yo y esté aquí, en esta habitación de la casa en la que vivieron generaciones de mis antepasados, que también celebraron esta fiesta de verano tempranera. Porque detrás de cada uno de nosotros hay una confabulación milenaria de personas, circunstancias y azares que nos han permitido llegar a esta identidad que nos individualiza. Para que uno nazca, tuvieron que ocurrir muchas cosas desde tiempos lejanos, y que no ocurrieran otras tantas que podrían haber sucedido. En mi caso, mi abuelo paterno pudo haber muerto en la guerra de África, la de 1921 (en la misma que había muerto, unos meses antes, su hermano Miguel) y ya no hubiese nacido mi padre ni yo estaría aquí. Misterios de la vida que va ensortijando sucesos que nos permitirán ser lo que somos, pero que, a su vez, nos habrán impedido ser otros que también pudimos haber sido si las cosas rodaran de otra manera.

Y después de este soliloquio anual, o lo que sea, me quedo en armonía conmigo mismo, dispuesto a recibir a los míos y a vivir la jornada con alegría. Como se hizo siempre en mi casa y en el pueblo. Y eso que fue una fiesta que tuvo que superar muchos e importantes obstáculos para salir adelante. Porque este primer domingo de julio también lo escogieron los ingleses para celebrar la final de tenis en Wimbledon, los franceses para empezar su famoso Tour de Francia, algún año para la final del Mundial de fútbol… Pues ni así.

Toda la competencia mediática de estos acontecimientos no pudo con la gracia y la importancia de nuestra fiesta del pueblo. Que dure.

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