Navantia arrastra una situación económica complicada, después de cerrar el pasado año con las mayores pérdidas de su historia y a punto de culminar un ejercicio que podría, cuando menos, igualar esos números rojos, que rondaron los 170 millones de euros. Precisa de un saneamiento financiero, además de otras actuaciones con las que situar a la empresa pública en condiciones de afrontar un futuro mejor, como el rejuvenecimiento de las plantillas con la entrada de savia nueva en los astilleros. Pero en ese camino alumbrado hacia el futuro, el astillero ferrolano cuenta con un proyecto con el pretende dar un salto tecnológico de primer nivel y revolucionar por completo sus procesos.
Ese paquete de inversiones, que servirán para construir entre otros un dique seco cubierto y concentrar toda la fabricación en una zona del astillero para reducir los plazos y costes, implicarán por otro lado un gran volumen de obra civil, que repercutirá en el trabajo en empresas de la comarca. Se trata, además, de un proyecto ligado a la ejecución de las futuras cinco fragatas F-110 para la Armada española, que por sí solas generarán, como ya había sucedido con las F-100, una década de trabajo en la antigua Bazán.
Es, así, una actuación planteada para el medio plazo, pero que tiene que ir dando sus primeros pasos para que las infraestructuras estén listas para poder ser usadas, si no al principio de la ejecución del programa de las F-110, al menos sí durante el mismo. Las administraciones han anunciado su apoyo a la transformación de la factoría. Esperemos que muy pronto tengan oportunidad de poner a prueba ese compromiso.