Hoy y ayer


Estuve unos días en mi pueblo y regreso con sensaciones contradictorias. Por un lado uno lamenta todo lo que se fue y ya no está, y por otro, se siente reconfortado con los lugares que quedan y con las personas que aún conoces y aprecias. De esto último, lugares y personas, cada vez quedan menos, por las reglas del urbanismo creciente y por la ley inexorable del paso del tiempo. Porque mi pueblo más que crecer mucho -que también-, creció de una forma rara. Por ejemplo, la que antes era su calle principal, donde estaban los mejores comercios y por donde paseábamos los domingos, ahora es la que menos vida tiene. La que fue una calle larga, ancha y cómoda, que pasaba por debajo del histórico pazo, por el hueco que dejaba un elegante arco de piedra, es hoy un sitio desierto, con poco vecindario y menos comercio. El pueblo creció hacia el lado contario, inundando fincas y huertas con casas uniformes y calles que uno ya no controla porque no tienen mayor interés y ya no le dicen nada: son las mismas que me puedo encontrar en cualquier sitio, ajenas a mi pasado y a mi mundo.

Y algo parecido pasa con la gente que vive en el pueblo, la que te encuentras por la calle. Son las personas que habitan las casas de esas calles, que han llegado hasta aquí por cuestiones laborales. Trabajadores de la cooperativa Feiraco, funcionarios del Ayuntamiento, del juzgado, de los centros de enseñanza primaria y secundaria, médicos, abogados, gente que abrió comercios y negocios de todo tipo? Todo un mundo humano, que da vida al pueblo, pero desconocido para los de mi edad que vivimos fuera del mismo. Los conocidos se pierden entre la cantidad de caras que no reconocemos, lo que produce la amarga sensación de sentirte forastero en tu propia tierra. Aunque en esta ocasión he tenido suerte. Pude disfrutar de la compañía de varios amigos (algunos que siguen viviendo en el pueblo; otros, como yo, que vuelven cuando pueden), y aprovechamos la coincidencia para vernos a diario y hablar de todo lo que no hemos hablado en años. Empezando por los recuerdos comunes de aquellos tiempos en que las cosas eran de otra manera. Nos reuníamos en una cafetería que está al lado de lo que fue el viejo cine, para el que cada día, al llegar, teníamos un afectuoso recuerdo. Por algo pasamos allí horas inolvidables de domingos inocentes, con aquellas películas de vaqueros, de piratas, de indios navajos, de espías y de guerras mundiales. Las de amor, como solían ser para mayores, no nos interesaban tanto. Hablamos y hablamos, de lo actual, pero sobre todo, del pasado inolvidable de la infancia y adolescencia. Por momentos tuve la impresión de que los hombres que somos hoy, de una quinta ya entrada en años, nos encontramos como cogidos a contrapié, con el paso indeciso entre el peso de la memoria del pasado, y la voluntad de adaptarse al presente y vivirlo con el mayor aprovechamiento. Como si el corazón y la nostalgia mirasen hacia atrás, mientras que la sensatez y el entendimiento tratan de ordenar la realidad del presente. En todo caso disfrutamos cordialmente de esas horas que hemos sabido rescatarle a la rutina de agosto con conversaciones amenas y sin prisas. Es decir, llevamos a cabo con rigor aquello que decía Carlos Casares sobre la tertulia: «O ocio agradable de falar de cousas que non sirven para nada, é dicir, de asuntos importantes».

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