El valor de la democracia

Andrés Vellón Graña
Andrés Vellón LA GÁRGOLA

FERROL

Cada cita con las urnas da que pensar. Mucho. Si uno evita que los árboles le impidan ver el bosque enseguida cae en la cuenta del valor de la democracia.

El que suscribe es de esos que se ha criado con ella y no ha conocido otra cosa en su día a día. Dicho de otro modo, somos muchas y muchos los que contamos con la democracia como algo fijo. Inamovible. Como algo que siempre ha estado y siempre estará garantizando nuestra libertad de voto y de ideología política. Entre otras muchas cosas.

Pero, más allá de lo estudiado, consultado o visitado, uno también tiene cerca la memoria nítida de personas que sí supieron lo que es vivir sin democracia. De lo que supuso sacarse de encima una dictadura y comenzar a explorar la libertad. Trabajarla y asentarla para que, ahora, nos movamos plácidamente en ella.

Es por eso que cada vez que toca ir a las urnas yo me alegro de que eso suceda. Me alegro por los que deciden acudir al colegio electoral a depositar su confianza en cualquiera de las siglas. Me alegro por los que votan en blanco. Me alegro por los que se quedan en casa. Me alegro, sobre todo, porque el «sin incidencias» es la etiqueta habitual de cada jornada electoral.

Y me alegro de poder hablar de política -si apetece, claro- sin cortapisas con la familia, con los amigos, tomando el café. Algo que nos parece tan rutinario es aún mágico para otros. Electores, elegidos, no elegidos... La ciudadanía, en fin, estará mañana trabajando por la democracia y en libertad. Todos. Ese es su valor. Conviene no olvidarlo.

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