Érase una vez un pueblo orgulloso, ufano de su origen, que mostraba arrogante el vigor de su industria y el higiénico trazado de sus calles. He oído declamar fatuo a uno de los miembros de la casta de su más noble alcurnia que el prototipo de habitante de esa urbe era la quintaesencia del hombre nuevo, una suerte de übermensch nietzcheano. Pues la ciudad atrajo secularmente a los más conspicuos técnicos y los más diestros menestrales, su prole habría devenido un linaje genético particular. Este delirio de fétida ideología segregaba como inevitable desecho el desdén hacia lo foráneo, hacia todo cuanto estuviese fuera de puertas o en la otra banda. Así vivió la ciudad durante decenios, de espaldas a cuanto la rodeaba. Con el correr de los años, la urbe se fue ajando, sus barrios se desmoronan ante la pereza municipal (Jorge Cafrune cantó de lo que fue solo quedan pedazos). Y aquella soberbia y arrogancia se arrugaron, la altivez se marchitó. Mientras, al norte de la población iba consolidándose y creciendo otro municipio, primero paulatinamente, en silencio, más tarde, de forma exponencial, con una sociedad más joven: con más futuro, con más dinamismo. Hasta disputarle -y en ocasiones superar- la calidad de los servicios públicos. La encuesta de Sondaxe sobre la eventual unificación de Ferrol y Narón nos conduce más que a la un punto reaccionaria Historia de dos ciudades, de Dickens, al más provechoso símbolo que nos deja Andersen en El patito feo: cómo aquella pequeña palmípeda negra y desmañada que era el hazmerreír de sus compañeros patitos acabó siendo un hermoso y elegante cisne. Una excelente lección de humildad.