En el siglo XI Ferrol ya se llamaba así

Burgoa y Aracil publican el primer documento con el nombre de la ciudad


FERROL / LA VOZ

El documento en el que aparece por vez primera el nombre de Ferrol es del año 1087. Y lo publican ahora, íntegro, en Estudios Mindonienses, los investigadores ferrolanos Juan Burgoa y Carlos de Aracil. Se trata de un documento de venta, alusivo a propiedades situadas en Santa Mariña do Vilar que incluyen desde tierras y árboles hasta incluso los ornamentos sagrados del templo, como los cálices. Y en verdad se trata de un documento muy hermoso, este en el que Ferrol aparece citado por vez primera al mencionarse los lindes de la venta («...per terminos de Sancto Iuliano de Ferrol...») y en el que se anota, por cierto, que el templo de Santa Mariña está bajo el castro del Vilar. Porque allí se hace constar, además, que la transacción incluye un muy buen caballo de «colore roseo», que muy seguramente sería un bello animal roxo; es decir, acastañado.

El caso es que la revista Estudios Mindonienses, el anuario de estudios humanísticos y teológicos editado por la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, está de aniversario. Cumple 30 años. Y quizás, llegado este momento, será conveniente reflexionar sobre lo que esta publicación, que mantiene intercambios estables con medio millar de universidades e instituciones culturales de todo el mundo, representa, como un faro que todo lo ilumina desde la Galicia del Norte, en el ámbito de la cultura hispana. Porque a nadie se le oculta que, más allá del universo de la fe, la diócesis ferrolano-mindoniense atesora un patrimonio cultural cuyo inmenso valor no siempre somos capaces de ver en su verdadera dimensión, quizás confundidos por esa falta de perspectiva que, como es obvio, entraña la cercanía.

Tomar una cierta distancia

Cuando algo es inmensamente bello e inmensamente grande a la vez -véase el caso de la impagable literatura de Álvaro Cunqueiro, que tantas veces parece estar esperando aún por la llegada de sus verdaderos lectores-, requiere por lo general tomar una cierta distancia para poder verlo bien. Así que no deberíamos temer estar cometiendo ese venial pecado de la escritura que es la hipérbole si afirmamos (de hecho hay que afirmarlo, me parece a mí, y en voz bien alta) que Estudios Mindonienses es, en su conjunto, uno de los grandes proyectos humanísticos de nuestra tierra y de nuestro tiempo.

Un proyecto que en su día nació del empeño, entre otros, de uno de los grandes teólogos españoles, Segundo Leonardo Pérez López, hoy deán de la catedral compostelana; y que continúa en marcha, a pesar de todas las dificultades propias de estos años de hierro que nos ha tocado vivir, gracias a la labor, silenciosa, generosa y siempre eficaz, de un amplio equipo liderado por el canónigo catedralicio, y ecónomo diocesano, Ramón Otero Couso.

Los auténticos viajes, bien lo sabía Ulises, son siempre un regreso. Por eso nunca vamos allí a donde de verdad importa sino que, bien al contrario, a donde de verdad importa, volvemos. Y a través de Estudios Mindonienses, que más que una publicación es un viaje, pero también una casa al mismo tiempo, regresamos constantemente al corazón de un legado que ha hecho de nosotros mismos, en buena parte, lo que somos ante la historia.

El valioso legado diocesano

Muy grande es el legado de esta Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, a la que llegaron, entre los siglos V y VI de nuestra era, los navegantes cristianos bretones (britanos, deberíamos decir tal vez de manera más correcta, pero permítasenos una vez más la licencia) que huían de las Islas Británicas acosados por los sajones cuando ya Roma y su Imperio eran solo un recuerdo. Cristianos que trajeron a esta Galicia septentrional el mensaje de que el rostro de Dios está en los ojos de los vencidos, y entre los que llegaron obispos errantes como el legendario Mailoc, que asistió al Segundo Concilio de Braga y que participó en la prohibición del culto a las estrellas.

Reportaje EL ANUARIO ESTUDIOS MINDONIENSES RINDE TRIBUTO A LA HISTORIA LOCAL

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