En el siglo XI Ferrol ya se llamaba así

Ramón Loureiro Calvo
RAMÓN LOUREIRO FERROL / LA VOZ

FERROL

CESAR TOIMIL

Burgoa y Aracil publican el primer documento con el nombre de la ciudad

17 nov 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

El documento en el que aparece por vez primera el nombre de Ferrol es del año 1087. Y lo publican ahora, íntegro, en Estudios Mindonienses, los investigadores ferrolanos Juan Burgoa y Carlos de Aracil. Se trata de un documento de venta, alusivo a propiedades situadas en Santa Mariña do Vilar que incluyen desde tierras y árboles hasta incluso los ornamentos sagrados del templo, como los cálices. Y en verdad se trata de un documento muy hermoso, este en el que Ferrol aparece citado por vez primera al mencionarse los lindes de la venta («...per terminos de Sancto Iuliano de Ferrol...») y en el que se anota, por cierto, que el templo de Santa Mariña está bajo el castro del Vilar. Porque allí se hace constar, además, que la transacción incluye un muy buen caballo de «colore roseo», que muy seguramente sería un bello animal roxo; es decir, acastañado.

El caso es que la revista Estudios Mindonienses, el anuario de estudios humanísticos y teológicos editado por la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, está de aniversario. Cumple 30 años. Y quizás, llegado este momento, será conveniente reflexionar sobre lo que esta publicación, que mantiene intercambios estables con medio millar de universidades e instituciones culturales de todo el mundo, representa, como un faro que todo lo ilumina desde la Galicia del Norte, en el ámbito de la cultura hispana. Porque a nadie se le oculta que, más allá del universo de la fe, la diócesis ferrolano-mindoniense atesora un patrimonio cultural cuyo inmenso valor no siempre somos capaces de ver en su verdadera dimensión, quizás confundidos por esa falta de perspectiva que, como es obvio, entraña la cercanía.

Tomar una cierta distancia

Cuando algo es inmensamente bello e inmensamente grande a la vez -véase el caso de la impagable literatura de Álvaro Cunqueiro, que tantas veces parece estar esperando aún por la llegada de sus verdaderos lectores-, requiere por lo general tomar una cierta distancia para poder verlo bien. Así que no deberíamos temer estar cometiendo ese venial pecado de la escritura que es la hipérbole si afirmamos (de hecho hay que afirmarlo, me parece a mí, y en voz bien alta) que Estudios Mindonienses es, en su conjunto, uno de los grandes proyectos humanísticos de nuestra tierra y de nuestro tiempo.