No creía en los malos augures, pero en Ferrol parecen sobrevolar la ría. Hace pocos días, reunidos en el Ateneo para presentar el excelente libro de Justino Fernández sobre Fenya, otra vez se volvía a hablar sobre la industria local, que cae una y otra vez. De los sucesivos intentos para diversificar el tejido empresarial y acabar con el monocultivo del naval que tampoco fructificaron. Ni aquel corolario de fábricas que formaban con Fenya un primer paso en el camino de la diversidad industrial se vio seguido por otras empresas, ni los planes del Gobierno y la Xunta lograron los objetivos perseguidos.
Cierto que aquel modelo surgido en la fase postautárquica (Pysbe, Peninsular, Fábrica de Lápices...) no valdría para hoy, pero la realidad es que tampoco se logró un modelo sustitutivo. De ahí que no quede otra alternativa que salvar Navantia, cueste lo que cueste, porque es lo único sólido.
Hoy sabemos que Fenya, que pudo haber continuado como gran fábrica de motores y generadores eléctricos, cayó en favor del resto del grupo vasco al que pertenecía, pero también sabemos que el propietario del grupo era gallego y no vasco. Por eso, más que demiurgia y mala suerte, lo que hay que pensar es que algunas desgracias tienen responsables con nombres y apellidos. Afortunadamente no hay que esperar 30 años para ver la realidad de Navantia: sabemos a tiempo real quienes son los autores del desaguisado por acción u omisión. Desde Madrid a Ferrol. Altos y bajos.