Respeto a Almunia porque me parece un político sólido. Pero no me gusta ese gesto algo displicente y esa mirada por encima del hombro, que limita con la soberbia y que recuerda a quienes creen que, aunque estemos en democracia, los ciudadanos tienen que aceptar que hay quienes tienen la razón absoluta porque saben mucho de algo de lo que los demás lo ignoran casi todo. Y en eso se escuda D. Joaquín para sostener una postura intolerante e intolerable por injusta que- y el lo sabe- admite soluciones políticas para un problema del que él es tan responsable como los otros dirigentes de la UE, que, cuando menos, pecaron por omisión.
Pero Joaquín Almunia se ha puesto estupendo y, en lugar de trabajar con rigor y el respeto que merecen quienes llevan décadas de lucha por un sector golpeado, también por intereses espurios, o sufren en su carne el desamparo que produce no tener horizonte, el comisario se dedica a dar lecciones de qué es verdad y qué es mentira en un debate en el que, por cierto, su actitud es bien diferente de la que mantuvo con el carbón. Aquí y ahora, miles de parados no le piden que prevarique, sino esa otra lectura- que la hay- y que el sabría articular perfectamente si se tocase lo suyo. Almunia no debería ser tan protagonista en esta traición. Pero si el dixit nosotros debemos situarlo, en la historia de nuestros astilleros, como el traidor que usó a los trabajadores- su partido se define como obrero- para sujetarle la escalera y luego: al paro.