Una alemana y una costarricense enseñan doma en Grañas do Sor
07 dic 2012 . Actualizado a las 07:00 h.Tras varios años viajando por el mundo, desde Tenerife y Lanzarote a Australia, Fiyi, Ecuador o Perú, y tres meses recorriendo la costa de Francia, España y Portugal, Dalal Alfine (Berlín, 1977), su pareja, un surfista británico, y su hijo acabaron aparcando la caravana en el puerto de Ortigueira. «Recuerdo que era miércoles porque al despertarnos vimos el mercado». Después de tres meses de sol y de hallar una casa en ruinas, «con unas vistas increíbles», en A Veiga, optaron por quedarse. El hechizo ya dura seis años.
Sonia Miranda (Costa Rica, 1965), ligada al mundo equino desde niña, recaló en Galicia de la mano de su marido, coruñés, hace 12 años. Y ya han transcurrido seis desde que la pareja adquirió una granja en la aldea de Labrada, en Grañas do Sor (Mañón). El azar y el amor por los caballos hicieron que estas dos mujeres se encontraran. En las hípicas donde trabajó en distintos países, Dalal aprendió lo que jamás querría para «estos seres maravillosos». Desde joven se interesó por la equitación y descubrió la doma natural, un método que va más allá del adiestramiento y afecta a la convivencia y el trato general con el caballo. En Ortegal encontró el «sitio con mucho verde y agua» que ansiaba para sus animales.
«Para nosotras los caballos son nuestro equipo, no unas bestias, los respetamos, nos importa su bienestar por encima de todo, y por nuestra experiencia creemos que si los tratas adecuadamente puedes disfrutar mucho más de ellos», sentencia Dalal. «No es necesario humillarlos ni maltratarlos», remarca Sonia. Comparten pasión y trabajo en la granja de Labrada, una finca de 12 hectáreas de bosque y pasto, río, corredoiras y hasta un viejo molino de agua derruido. Allí viven sus siete caballos, «domados, semidomados, traumatizados y resabiados». De todo había cuando llegaron a ellas. Pero, ¿en qué consiste la doma natural? «Primero, en tener conocimiento de las necesidades del caballo, mirar cómo vive en la naturaleza y darle una vida similar, en manada, sin meterlo en una cuadra», explica Dalal. Segundo: «Nosotros queremos algo del animal y es nuestra responsabilidad aprender su lenguaje para comunicarle qué le estamos pidiendo. En vez de cogerle y someterle, si le respetas y le quieres, responde bien». Sin luchas ni espectáculos, con tranquilidad y calma, «para conseguir ejemplares equilibrados y seguros». Como animal de presa, la primera reacción del caballo es de temor, «se asusta y huye». Hasta que le muestran todo lo que le da miedo «para que luego no tenga de qué asustarse».
Dalal y Sonia buscan «la unión» con el animal, utilizando su lenguaje, «meramente físico, que se transmite por el cuerpo». La clave radica «en tratarle como un caballo trataría a otro». Si un potro se porta mal, la yegua lo echa de la manada, su mayor pesadilla (el grupo le ampara frente a los depredadores). Dalal recrea este comportamiento, hasta que logra que le pierda el miedo y elija seguirla en vez de quedarse solo. En una sesión «puedes conseguir que un caballo salvaje se acerque y te deje tocarle; es el primer paso, significa que confía en ti».
Así, leyendo las señales que emite el animal -si trota en lugar de galopar, empieza a masticar...- y adaptando la respuesta -bajar la vista, acercarle el hombro...- hasta que se aproxima y, en la siguiente fase, te permite colocarle la cabezada o te sigue por la cuerda. «Son muy sensibles y receptivos, con ellos no puedes fingir», subraya Dalal, quien, igual que Sonia, antepone el bienestar del animal a cualquier otro beneficio: «Si consigo mejorar la vida de un solo caballo, ya me muero feliz».
«Los respetamos y nos importa su bienestar (...). Sin humillarlos ni maltratarlos»
En una sola sesión «puedes conseguir que un caballo salvaje te deje tocarle»