uerido Lolo: el otro día me encontré a Pili, esa chica que viaja tantísimo. Ha pasado diez días en China y ha visto Beijing, Qindao, Shanghái, Hong Kong y un buen trozo de Muralla. Y digo visto porque en tan poco tiempo, es imposible que haya mirado. No hablamos ya, claro, de pensar o de sentir, porque para pensar y sentir hace falta pararse, hacerse uno con el entorno, abrir y abrirse. Yo, que llevo en Asia cinco años, me atrevo más bien en pocas ocasiones a interpretar la cultura de mis anfitriones y, sin embargo, Pili, como muchos turistas, se permite el lujo de sentar cátedra sobre este o aquel aspecto de la cultura china.
El turismo es al viaje lo que un cubito de caldo concentrado a una buena sopa de verduras de nuestro huerto. Uno se va un fin de semana a Tokio y hace lo mismo que en Madrid: ir de tiendas, comer sushi un día y hamburguesa otro -lo exótico cansa- coger el metro y toparse con muchos japoneses. La repera.
Ayer fui a Barajas a recibir a mis alumnos taiwaneses, que van a pasar un año de intercambio en España. Bajaron del avión cansados, pero sobre todo nerviosos: saben que trescientos sesenta y cinco días no son una broma, que va a haber momentos buenos, sí, pero también algunos malos en los que tendrán que apretar los dientes. Quien, mezclado con la emoción del viaje, no siente la inseguridad, el miedo, el vértigo de la incertidumbre, no está viajando, sino haciendo turismo. Y para eso mejor quedarse en casa.
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