Sostiene la leyenda que el obispo de los bretones desembarcó no muy lejos de la Merced
01 may 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Hagámosle, si a ustedes les parece, caso a la leyenda. Porque dice que el obispo Mailoc, allá por el siglo VI, llegó a la Galicia do Norte por el mar de Ferrol; y que desembarcó en la ribera sur de la ría no en un lugar cualquiera, sino no muy lejos de donde se encuentran el pazo y la capilla de la Merced. Puede que alrededor de la desembocadura del río Belelle. O quizás hacia el Puntal, donde todavía hoy hay un lugar conocido como O Bargo, en el que la diócesis mindoniense linda con la de Santiago de Compostela. Mailoc, el prelado que después, en el segundo concilio de Braga, participó en la prohibición del culto a las estrellas, vendría, con los suyos, huyendo de las persecuciones a las que los sajones sometieron a los cristianos en las Islas Británicas en aquel tiempo. Y quiere la leyenda que desde el mar de Ferrol habría ido después el prelado de los celtas hacia lo que hoy son tanto el Mondoñedo que conocemos por tal como hacia el llamado Mondoñedo Vello, que está en Foz, donde se encuentra la magnífica basílica de San Martiño, desde la que San Gonzalo salía a hundir naves viquingas a base de avemarías, como recuerda Cunqueiro.
Aceptemos que fue así, todo ello, y aun lamentando no poder saber hoy cuál fue el punto exacto del desembarco de los cristianos bretones (o britones, o britanos, también para diferentes gustos existen distintas opciones en esto...), o precisamente por ello, vayamos a dar un paseo con la cámara de juguete para ver si nos encontramos con la sombra del prelado que trajo hasta la Última de Todas las Bretañas Posibles, y al mismísimo Escandoi inicialmente, el anuncio de que en los ojos de los vencidos está el rastro de Dios.
Un camino de madera
De la ribera de San Valentín, que es la más joven de todas las parroquias de Fene, parte hacia la costa de Neda, paralelo al mar, un muy frecuentado camino de madera que avanza entre árboles viejos que filtran la luz del cielo. Frecuentado, sobre todo, durante la mañana; y después, de nuevo, mientras cae la tarde. Es decir, en las horas más propicias al paseo. Uno recuerda muy bien el tiempo, no tan lejano, en el que toda aquella ribera estaba llena de barcas, muchas de ellas de casco tan plano que parecían pensadas única y exclusivamente para la navegación de mares domésticos. Era muy grato, entonces, desde las terrazas de los primeros bloques de viviendas que se construyeron en San Valentín, lanzar aviones de papel intentando que el viento los llevase consigo en dirección a la ría; y sobrevolando esas aguas, llegar hasta la orilla contraria. A Santa Mariña, por ejemplo.
(Y sí, vuelven a tener razón ustedes: eso sucedía cuando el mundo era más grande y más hermoso, en efecto.)