uerido Rafi: El domingo visité a un maestro del Iching, el milenario oráculo chino. Fui, la verdad, por vivir el ambientillo. Imaginaba un anciano ciego y barbudo, rodeado de caparazones de tortuga, retortas y potingues. Y vaya chasco.
Chen tiene cincuenta años. Ocupa un alto cargo en el ministerio de educación y lleva, además, una empresa de batidos para deportistas.
Calvo, rellenito, saludable, me cuenta que lee el Iching para los demás por vocación.
Lleva ya treinta años hurgando dentro de las tripas del antiquísimo texto, y se ha convertido en un intérprete célebre.
Su casa es, como él, moderna y antigua a la vez. Viejas esculturas, un televisor del grosor de un lápiz, caligrafías chinas, jazz en la cadena.
En su despacho ?se ve toda la ciudad por la ventana? me explica que utiliza un método científico, similar a una fórmula matemática, que ideó el mismísimo Confucio. Es, dice, más fácil de digerir para los occidentales.
Después me pasa una cajita llena de dados y me pide que la sacuda. La abre, cuenta los puntos, hace unos cálculos que parecen no tener fin.
Entonces me dice cosas tan exactas sobre mi situación que de pronto me siento como ante la pitonisa de Delfos. Su mujer ?en bata y pantuflas? me trae un providencial caldito.
Poco a pongo me repongo de la impresión.
Se ríen con ganas, y se niegan a cobrarme. Chen dice que mi cara de susto ha sido pago suficiente.
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