Me pregunto qué tendrá la ría de Ferrol que levanta tantas pasiones. En especial una que nació hace ya unas cuantas décadas en la ribera de la Cabana cogiendo berberechos -para luego comerlos crudos con un hábil manejo de dedos- y con el tiempo se ha convertido en una entrega laboral y personal. Me pregunto también qué ve, que yo no, a través de las gafas de buceo en esos fondos para defender con tanto ahínco un rincón de la costa gallega en el que se depositan a diario ingentes cantidades de residuos orgánicos.

Una ría a la que dedica muchas horas de trabajo y horas de la vida, pues no diferencia entre ambas. Una ría que contempla desde su despacho ferrolano y que añora en Compostela. Hacia donde mira su casa, con la que adoctrina a sus alumnos y la que publicita orgulloso en congresos científicos internacionales.

De poco o nada han servido tus visiones catastrofistas o repetir hasta la saciedad que nos estamos cargando la gallina de los huevos de oro. Ferrol, a este paso, se quedará sin su catedral. Porque cuando llegue el saneamiento integral, si algún día llega -permítanme el derecho a la duda-, lo hará también el tren sobre la ensenada de A Malata y la C, de contaminación, se habrá comido la poca riqueza que ya queda.

A lo mejor cuando aquellos que defienden a ultranza abrir Ferrol al mar logren rebajar la muralla del Arsenal, será demasiado tarde. Y Ferrol sin mar, lo excusan abrir. Las obras bajo la ría no son rentables en las urnas. Y lo que no se ve, no molesta, aunque sea porquería. Así nos va.

Si no lo hubiese visto con mis propios ojos, dudaría de que esa variedad de especies marinas que estudias con detalle al microscopio, y que han dado origen a tantas y tantas tesis doctorales, sean de procedencia ferrolana. Y admiro la capacidad inagotable de esta ría para producir riqueza aun con tanto residuo, cemento y furtivo.

Sé que no cejarás en tu empeño, ni yo en el mío, que es el que tú me has enseñado.