El torreón, hoy felizmente rehabilitado, es el último resto del viejo y majestuoso palacio de los Andrade, un edificio en el que durmió alguna reina y que era propiedad de la Casa de Alba a principios del siglo XX
23 may 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Comenzaremos hoy, para variar, hablando de lo que ya no existe. O cuando menos de lo que ya no existe más que parcialmente. Para el caso que nos ocupa, el palacio de los Andrade, en Pontedeume. Un palacio en el que durmió alguna cabeza coronada o a punto de coronarse -la de Marina de Neoburgo, por ejemplo, a la que creo recordar que ya nos habíamos referido otras veces; la esposa de Carlos II el Hechizado, que para ir a casarse con el monarca desembarcó en Mugardos, no sin ciertas dificultades, y después hizo noche en la villa de la desembocadura del Eume-, y del que solamente ha llegado hasta nosotros el torreón.
(Un torreón que, por cierto, no era lo mejor conservado del pazo cuando algún genio decidió acabar con el resto.)
Y él, tan dado a grandes obras
Narran las crónicas que el pazo había sido alzado por Fernán Pérez de Andrade, que tan dado a grandes obras era, entre los años 1370 y 1380. Contaba con su propia capilla, claro, pero ésta fue la primera en caer: la derribaron hace 99 años, para dejar paso a la carretera que conduce a la estación del tren. Previamente, en 1905, el palacio entero había sido adquirido por el Ayuntamiento a su entonces propietario, el duque de Alba, en cuya casa habían recaído, como nadie ignora, los títulos y los señoríos de los Andrade. En 1924 fue declardo Monumento Histórico Nacional. Y sin embargo, nueve años más tarde, se acometió su demolición.
Con el escudo de armas
Solo quedó la torre, el torreón, para el recuerdo. Bueno, el torreón y el escudo de armas del que fue, entre los miembros de la familia Andrade, el último habitante del pazo, que se sepa (luego pasaron a habitarlo sus administradores, por lo que parece); era, aquel, el señor conde, Fernando de Andrade, el héroe de las campañas de Italia, el que está enterrado ¿recuerdan, verdad...? en la iglesia de Santiago de Pontedeume. El que llegada la hora de su muerte decía que la luz que precisaba para ir hacia el otro mundo era la de Dios, no la de las velas.
Pero en fin, vayamos a lo nuestro. Al Torreón, escrito ahora así, con una mayúscula que haga justicia a lo que él representa. La leyenda de que esa construcción estaba unida, a través de un pasadizo subterráneo, con el castillo de Andrade, sigue viva. Así que nos limitaremos a citarla y por supuesto a celebrarla, sin necesidad de volver más sobre ella. El caso es que el torreón, rehabilitado como hoy está, es una delicia, con independencia de que uno no pueda dejar de acordarse, dentro de él, de todo cuando fue desapareciendo. La primera planta se utiliza como oficina de información turística, y las demás albergan desde el legado artístico del grabador Julio Prieto Nespereira, discípulo de Álvarez de Sotomayor, hasta piedras labradas procedentes de diferentes construcciones, documentos medievales, reproducciones facsimilares de mapas de diferentes épocas y hasta un ser de hábito blanco que por momentos parece un fantasma, aunque en ausencia de viento, y situado él frente al manso contraluz de una ventana, por lo general ni siquiera se mueva.