Hay ciertos rincones de una ciudad que permiten al transeúnte viajar en el tiempo, acelerar los recuerdos y saltar, de repente, hasta el pasado. El mecanismo que acciona el resorte es sencillo. Basta una imagen, un olor o una sensación, como la de caminar sobre el suelo empedrado, para que la mente empiece a recordar. Entonces, mientras permanece inmóvil, renace todo lo que ya se ha ido para siempre. Y se encuentra con el amigo al que acompañaba hasta el portal de su casa después del colegio mientras discutían sobre la alineación del Racing. Entre esos lugares mágicos que sirven para emprender travesías hacia otras épocas se encuentran los escaparates de algunas tiendas del centro de Ferrol. Ajenos al ritmo frenético del mundo, apenas han cambiado con el transcurrir de los años. Están dispersos entre lo común, como los barcos que navegan en el mar, pero para quienes se paran a observarlos, para quienes se detienen un minuto frente al vidrio que los protege, son como espejos en los que se refleja el tiempo.