Fue un 5 de mayo. Y corría el 1913. Se inauguró oficialmente la línea de ferrocarril Betanzos-Ferrol. El negro carro de hierro llegaba y comenzaba a vertebrar el territorio. Ya llovió.
Es un 11 de febrero. Y corre el 2010. Casi un siglo desde la entrada del convoy. Es la era del móvil y de Internet. La época virtual. Tan virtual como el AVE que tenemos aquí. Ese que recorre otros puntos de España desde hace tiempo. Y que para Ferrol es solo un documento. Un interminable estudio en un despacho. Es un papel sobre el que no se puede viajar. Un AVE de que, de venir, será una avecilla. Un jilguero comparado con las rápidas águilas metálicas del sur. No nos engañemos. Orografía y costes mandan.
Es un 11 de febrero del 2010 y llegar desde la estación de Ferrol a Madrid en tren cuesta doce horas de traqueteo. En ese mismo tiempo se puede cruzar el charco e ir y venir desde Barajas a New York en avión.
Es un 11 de febrero del 2010 y la línea hasta A Coruña la usa el que no tiene otro remedio. ¿Motivo? Comodidad que no da el servicio y frecuencias desajustadas con las necesidades del usuario. El nudo de cercanías de Feve entre la ciudad y Ortigueira es otra pesadilla a paso de tortuga. Fomento estudia ahora si en ese tramo, incluido en el recorrido hacia Santander, se podrían alcanzar los 160 kilómetros por hora. Ojalá. Pero suena casi a broma.
Es un 11 de febrero del 2010. Un buen día, como otro, para que dejen de marearnos con futuribles en los que ya apenas se cree. Para no empezar la casa por el tejado. Para mejorar lo que hay mientras no llega lo que tiene que venir. Para poner medios e ideas que impidan que viajar en tren sea una odisea de la que pocos quieren oír hablar. Porque echar (más) a perder el negro carro de hierro es un lujo. Toda una soberbia.