Estos dos músicos comparten pasión por la percusión; disfrutan contagiando su fiebre a los alumnos, pero su corazón vibra, sobre todo, al pisar el escenario
18 ene 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Dicen que el ritmo da vitalidad. Y en el caso de Eusebio López y de su hijo mayor -con el que comparte nombre y primer apellido- el dicho cobra sentido, porque estos dos hombres no saben estarse quietos. Viven la vida al son de maracas, bombos y platillos, y con tanto beat en el cuerpo, les sobra energía para dar clases, estudiar y soltar adrenalina sobre el escenario.
«¿Que desde cuándo me gusta la percusión?... ¡Desde siempre! Fíjate que yo empecé en esto de pequeñito, con una lata de pintura y dos ramas de olivo», dice entre risas Eusebio López, profesor en el Conservatorio de Música Xan Viaño de Ferrol desde el 2007.
Tras aquellos primeros experimentos musicales en el patio de su casa, este alicantino que ya se considera ferrolano de adopción quiso seguir los pasos de su tío Tomás -que era flautista en la Banda Muncipal de Santander- y comenzó a estudiar solfeo. Primero lo hizo en una banda de su pueblo, Sant Joan de Alicante, y después en el conservatorio de la ciudad. Tras tocar aquí allá y dar clases particulares «donde podía», a Eusebio se le presentó una oportunidad única para poder vivir de la música sin estrecheces: se presentó a unas oposiciones de Marina y consiguió una plaza en la Banda del Tercio Norte de Ferrol.
Con su mujer y su hijo, que por aquel entonces tenía siete años, el percusionista se cruzó España entera para construir una nueva vida en la ciudad naval. Cuenta que de aquellos primeros años en la Banda del Tercio guarda recuerdos imborrables: «Cuando llegué me quedé sorprendidísimo, porque me topé con una formación imponente; éramos unos cincuenta músicos y recuerdo que todos los jueves, cayesen chuzos o brillase el sol, dabámos un concierto en Capitanía y siempre venía muchísima gente a vernos».
Pero el destino quiso separarle de la vida con uniforme. Eusebio se enteró de que la banda iba a reducir plantilla y se propuso dedicarse a la enseñanza en un conservatorio. Hoy ha cumplido su sueño y no podría estar más feliz. Además, por si fuera poco, Eusebio ha logrado contagiar a su hijo su fiebre percusionista, y ahora su corazón también palpita a ritmo de timbales.
Por imposición
Eusebio hijo cuenta que no se acercó al mundo de la música por intuición, como hizo su padre con aquella vieja lata de pintura, sino por imposición. «Mi padre me daba clases de solfeo en casa, obligado, porque yo lo odiaba, pero, después, con la percusión, me empezó a entrar el gusanillo», explica el hijo de López Sala.
Después lo volvió a tener como profesor en la escuela de Sementeira -donde ahora da clases la astilla de esta historia- y también en el Conservatorio de Viveiro. «Me metía muchísima caña», recuerda. «Es cierto que era más duro con él -reconoce el padre-... ¡Pero es que siempre estaba jugando!».
Ahora que los dos están al mismo nivel -ya no hay maestro y alumno, sino solo dos músicos-, padre e hijo disfrutan codo con codo de su pasión. En casa organizan conciertos improvisados, se prestan libros sobre percusión, asisten juntos a conciertos... Y aunque los dos son muy versátiles, y se atreven con todo lo que les echen, cada uno tiene sus preferencias. De todos los instrumentos de la familia, el padre se queda con la caja y los timbales, y en cuanto a los estilos, Eusebio tributa fidelidad al clásico. Su hijo prefiere la percusión de mano y la batería, y se inclina, en cambio, por los caminos del jazz.
Dos gotas de agua
Pero, por lo demás, estos Eusebios son casi como dos gotas de agua. Odian planificar, disfrutan estrechando las distancias con el alumno -aunque manteniendo la disciplina, porque «si no se te suben a la chepa»- y al preguntarles por si prefieren las aulas o el escenario, no tardan ni un segundo en responder. «La enseñanza es bonita, pero un músico tiene que tocar... Y si no disfruta en el escenario, es que no es un músico de verdad».