Los dos tienen tres hijos, ojos azules y carné de ferrolanos de pro; pero, además de eso, les une algo más: vivir flotando ha sido siempre su vocación
26 oct 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Antón Estevan navega estos días entre mares de incertidumbre. Por delante le espera un ascenso a capitán de corbeta y una ciudad todavía sin nombre. El año que viene tal vez tenga que matricular a sus hijos en algún colegio de Madrid. Pero puede ser, también, que las aulas los esperen en Rota o Cartagena. «Es lo que tiene este trabajo; que siempre tienes que estar dispuesto a hacer las maletas», dice él sonriente.
La vida de este ferrolano lleva diez años ligada al mar. Pero su vocación por la Armada la descubrió mucho antes, con solo 8 años, cuando su padre, que estaba destinado en Las Palmas, se lo llevó embarcado en una travesía a Fuerteventura. Iban a estar fuera solo cuatro días, pero una orden inesperada hizo que el remolcador en el que viajaban pusiese a rumbo al sur, para dar apoyo a la flota pesquera del Sáhara. «Al final estuvimos navegando catorce días, y Antón fue algo así como nuestro pequeño grumete», recuerda orgulloso el palo de esta historia.
Pero, incluso sin aquel viaje, el destino seguramente le habría deparado el mismo camino. Porque Antón heredó la vocación de su padre. Y a éste la vena marinera también le vino de familia. «Mi padre era médico de la Armada y además yo tenía tíos marinos tanto por parte de padre como de madre», explica Estevan Alberto echando la vista atrás. Así que se podría decir que lo suyo fue una cuestión de sangre. Pero también tuvo que ver -y mucho- el ambiente en el que se crió, porque, por aquel entonces, «Ferrol era una ciudad que vivía totalmente inmersa en la Armada».
De modo que, entre una cosa y otra, el padre de Antón terminó en Marín. Allí llegó en 1955 -casi cuarenta años antes que su hijo- y en 1960 salió de la escuela convertido en alférez. De aquella época, Estevan Alberto recuerda con especial cariño su experiencia a bordo del Canarias , un crucero con el que navegó hasta Buenos Aires para participar en la conmemoración del 150 aniversario de la independencia de Argentina, y también sus aventuras en el buque escuela Juan Sebastián Elcano , cuando todavía era guardiamarina.
Después de aquellas primeras singladuras, a Antonio Estevan le esperaban muchos destinos -desde Madrid hasta Cartagena, pasando por Las Palmas, San Sebastián o Guinea Ecuatorial-, y ahora, desde la distancia, asegura que a todos les supo sacar provecho. Con todos disfrutó. Lo cuenta él mismo, pero también lo corrobora su hijo, quien asegura que, si algo terminó de convencerle para ingresar en la Armada, eso fue el buen talante con el que su padre se tomó siempre el trabajo: «Se marchaba de casa feliz y volvía feliz».
Y es que, a estos dos hombres, la felicidad les ha llegado muy a menudo envuelta entre olas de mar. De un mar que engancha, aunque a muchos les resulte difícil comprender el porqué. Antón se esmera y ofrece su explicación: «Es que es allí, estando a bordo de un barco, cuando uno puede desarrollar realmente su vocación de marino». «Además -prosigue- son cuatro meses con tus compañeros, viviendo juntos las 24 horas del día, y eso crea una camaradería que no hay en otras profesiones». Su padre le da la razón, pero matiza sus palabras: «En un barco hay que distinguir entre la vida de los oficiales, que es una experiencia de compañerismo y de aventura; y la del comandante, que siente una gran satisfacción cuando lleva al barco a buen puerto, pero que también está muy aislado en su responsabilidad».
Estevan se refiere a lo que los marinos llaman la «soledad del mando». Pero él no está solo. Sabe que tiene un camarada que se llama Antón. Y también que siempre está ahí. En tierra y en mar.