La odisea de Pepe para comprar una barra de pan

L.A.N.

FERROL

El barrio de Virxe do Mar es un entorno con una curva demográfica de edad avanzada. Las viviendas son ya antiguas y los vecinos llevan décadas residiendo en ese lugar. Es el caso de Pepe, un octogenario que todos los días cruza el puente bajo las vías para hacer la compra.

Y hace dos semanas que una valla plagada de señales de colores e indicativos de las obras le obligan a triplicar su recorrido habitual para salir a la carretera de Castilla a la altura de la rotonda del puente de las Cabras. Entra en la tienda de Manuel y hace su compra diaria, aunque ya no puede ir tan cargado como antes para desandar el camino y volver a su vivienda.

«Antes, bajaba un vecino a comprar el periódico, cogía la barra de pan, se tomaba un café y paraba a pedir vez para cortar el pelo», recuerda Patricia, la peluquera del vecindario. Ahora, «es como si estuviéramos en medio del Sáhara», critica Miguel, del bar A Peaxe. «En una mañana ponía cien cafés, y ahora, con suerte, hago una veintena», lamenta.

Pepe, con sus bolsas, expresa su indignación: «Tienen esto así, pero para cobrar...». Lo mismo le pasa a Manuela, otra vecina de Virxe do Mar «quemada» por las obras. Y no han hecho más que empezar.

Los comerciantes se reunieron, tras cortarles la calle, con el concejal de Obras. «Nos dijo que era cosa de Fomento, pero que el Concello trataría de presionar para que apurasen todo lo posible», relata Miguel. Pero todos coinciden en señalar que fue una cuestión de formas desde el principio: «Llegamos a las nueve de la mañana para abrir -cuenta María José, la del congelado-, y a la media hora cortaron la calle. Y nosotros sin saber absolutamente nada».

Es lo que Miguel define como «la indefensión de que nadie nos diga nada», de no saber si seguirán «perdiendo dinero» ni durante cuanto tiempo.

Manuel, del autoservicio, asegura que el enfado de los vecinos es tal que ya se plantean medidas drásticas si no se les da una solución. «Habrá que ponerse en las vías y parar los trenes», dice.

Solo piden una simple pasarela. «No se trata de que nos hagan aquí el acueducto de Segovia», concluye Miguel.