«La gente ya es más consciente»

Luís A. Núñez

FERROL

El destacamento de Tráfico de Ferrol realiza a diario servicios aleatorios de control de velocidad y constata la mejora en la prudencia de la mayoría de los conductores

27 abr 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Pasan unos minutos de las tres de la tarde y Juan (pongamos ese nombre, «por motivos obvios de seguridad») se pone a los mandos de uno de los vehículos camuflados del destacamento de Tráfico de Ferrol. El guardia civil es uno de los técnicos especializados en operar con radares en la zona. Hoy toca desplegar un control de velocidad en la AC-564, la carretera entre Cabanas y As Pontes.

Hasta el punto de captación le sigue una patrulla rotulada del instituto armado con dos agentes que se encargarán de notificar las denuncias a los infractores que capturen los sofisticados sistemas que lleva el vehículo. «Los jefes eligen el lugar o las carreteras en las que hay que hacer el control», explica Juan, y el equipo ejecuta. El criterio fundamental se ciñe, habitualmente, a seguridad en los viales considerados más conflictivos.

En pocos minutos, la patrulla se despliega en una travesía limitada a 50 kilómetros por hora. «Me voy a colocar en sentido contrario para coger a los que vienen en dirección a As Pontes», explica el operador del radar. Entonces empieza el ritual. El sistema es de lo más sofisticado, desde una antena de captación hasta una cámara digital, y de ahí al ordenador portátil a través del mando de control. «Primero se hace una foto de prueba», relata Juan, para comprobar que se puedan divisar correctamente las matrículas y después se establecen los parámetros del control en la unidad de mando (la carretera, el punto kilométrico, la fecha, la hora, la velocidad máxima permitida...). Ese aparato será el que dé la orden a la cámara para cazar a los infractores.

A las cuatro menos cuarto ya está en marcha el dispositivo. Pasa el primer coche y el radar hace su trabajo. Ha pasado a 48 kilómetros por hora. «A veces se hacen luces entre conductores», cuenta el guardia. En otras ocasiones, «puede pasar una hora sin coger a nadie». Lo cierto es que el vehículo está a la vista en medio de una travesía recta. «Algunos se dan cuenta», explica el operador del radar, «y entonces frenan».

El primer despistado no tarda en aparecer por el horizonte. Apenas pasan unos minutos de las cuatro de la tarde y un Peugeot 306 blanco surca la vía a 96 kilómetros por hora, casi el doble de lo permitido. Juan alerta al equipo de notificación, destacado a unos 400 metros del radar.

Diez en una hora

La circulación es reducida en ese momento y en ese punto de la AC-564, pero en una sola hora ya se han detectado una decena de infractores. Oscar y Pablo (seudónimos con los que preservar la identidad de los agentes) son los encargados de parar los vehículos. «Ford Ka de color negro, matrícula..., circula a 92 kilómetros por hora». Juan pasa a sus compañeros las coordenadas por la emisora para que detengan a uno de los infractores. Son las 16.45 horas. Ni un minuto después, cae el segundo, un Citroën Xsara Picasso granate que iba a 78 por hora.

Oscar y Pablo se reparten el trabajo. «Les pedimos la documentación y el seguro, y comprobamos que todo esté en regla», explica el primero. Acto seguido, comunican al conductor el motivo de haberle parado y la sanción que le corresponde.

El primer caso es el de una señora de mediana edad a la que superar en más de cuarenta kilómetros la velocidad permitida le costará 380 euros, seis puntos y la retirada de un mes del carné de conducir.

«Con los últimos cambios, la gente es más consciente», reconocen los agentes. No obstante, todavía quedan despistados que, no en todos los casos,asumen su responsabilidad al volante. Lo explica el conductor de un Volkswagen gris que iba a 82 kilómetros por hora cuando Pablo le dice amablemente que puede reanudar la marcha tras pasarle la receta. Su respuesta se traduce en salir derrapando las ruedas traseras de su coche.

Pero esto no es nada. Algunos infractores no entienden la labor de estos agentes, quienes reconocen que hay casos en los que incluso intentan agredirles. Son gajes del oficio, así que los tres recogen sus bártulos y se trasladan de posición. Pasarán todo el turno comprobando que aún no todos los conductores respetan las normas.