Tras el anillo de San Rosendo

Luís A. Núñez redac.ferrol@lavoz.es

FERROL

21 mar 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

El parque natural Fragas do Eume es un sitio idílico en el que cuenta la leyenda que San Rosendo arrojó su anillo de poder al río para expiar su pecado tras levantarse una mañana en el monasterio de San Xoán de Caaveiro e insultar la creación de Dios («¡Qué día tan malo!», dijo). Siete años tardó en aparecer la joya en las tripas de una trucha para aliviar la falta del santo. «Facemos referencias arquitectónicas e estilísticas», cuenta Serxio Paz, uno de los guías turísticos de Euroeume, la nueva gestora del cenobio, en fase de restauración. «Tamén facemos mención á cultura popular», apunta. La Mirilla estuvo ayer de visita por este entorno natural y coincidió con un sinfín de visitantes de toda España. La fama de las Fragas traspasa fronteras, y a continuación les damos unos cuantos porqués.

Los viajeros tienen distintas maneras de llegar hasta Caaveiro, corazón del parque natural. En Monfero hay una puerta de entrada, pero la más recurrida es a través de la parroquia eumesa de Ombre. Un amplio aparcamiento, en el que al mediodía de ayer no cabía una mosca, se abre junto al centro de recepción de las Fragas do Eume. Nacho Filgueiras, uno de los vigilantes de este entorno, recuerda que «a natureza non está pensada para os coches», y dice que los visitantes «entenden» la prohibición de conducir más allá. Ocho kilómetros separan este lugar del cenobio, y decenas de paseantes se internan a pie por las pistas y senderos hasta llegar a Caaveiro. También cabe la posibilidad de tomar un autobús habilitado en coordinación con la gestora del monasterio. O incluso pedalear por la angosta carretera junto al río para alcanzar el objetivo final. José Antonio, Jacobo, Julio y José son cuatro amigos algo entraditos en años que no dudan cada fin de semana en ponerse el maillot e internarse por las Fragas en sus bicicletas desde Pontedeume y Cabanas. «Somos domingueros asiduos», define uno. «Venimos cuando hay gente y cuando no también», matiza otro.

Con calma, pero sin descanso, Paz, una madrileña de 76 años, se quitó ayer una espina que tenía clavada desde hace dos años: «Habíamos venido antes, pero nos quedamos abajo», dice. En esta ocasión, no quería perderse la monumental grandeza del monasterio. «Me ha costado un poco», dice, «pero la naturaleza me gusta tantísimo...». Paz se cruzó a la entrada del monasterio con Alfonso y Mari Carmen, una pareja de Vigo que aprovechó su visita a la Semana Santa ferrolana para conocer las Fragas. «Estaría ben para pasar aquí uns seis meses de retiro -bromea Alfonso-, cunha boa biblioteca e unha bodega repleta de manjares e bon viño». La loca matemática. Los guías de Caaveiro trabajan las matemáticas para sumar una media de treinta visitas diarias. Pero ayer las cifras se volvieron locas, en solo una sesión (de los ocho pases guiados por jornada) se colaron casi el doble. Y para hoy, más de lo mismo. No es que los turistas vayan a encontrar la joya de San Rosendo entre las aguas del Eume, pero sí otros muchos tesoros.