El desarrollo de robots con capacidad de aprendizaje es uno de los objetivos

La Voz

FERROL

El trabajo del Grupo de sistemas Autónomos del GII es «desarrollar las técnicas necesarias para que organismos artificiales adquieran de forma autónoma capacidad de operar sin supervisión en entornos dinámicos y no estructurados, mediante interacción en vida con el entorno y seres humanos». Es decir, «trabajar en el cerebro de los robots para que aprendan solos, mediante la interacción con otros robots o con personas», según explica Richard Duro. Uno de los aparatos con los que se trabaja es con un modelo Aibo de Sony, un autómata que imita a un pequeño perrito. El objetivo del grupo es que el Aibo distinga la voz de su «dueño», un puesto que ocupa el investigador Andrés Faiña, y que sea capaz de aprender nuevas tareas mediante órdenes verbales. Francisco Bellas, otro de los científicos del grupo, explica que el Aibo tarda una media hora en aprender a huir de la pelota en vez de correr a a recogerla, que es para lo que está programado originalmente, sólo con indicaciones verbales. A largo plazo, la robótica podría ser capaz, afirma Richard Duro, de «que los obreros del astillero puedan trabajar con la ayuda de robots, a los que puedan corregir y enseñar nuevas funciones tan sólo con palabras, sin programación». Parece lejano, pero la investigación en robots crece a toda velocidad. Los modelos del año 1998, semejantes a insectos y basados en los que exploraron la Luna, costaban más de 12.000 euros. El precio de un Aibo ronda los 2.000 euros y ridiculiza a sus veteranos primos. Parece un perro de carne y hueso, el que tienen en el GII mueve la cola cuando se le acaricia la cabeza y se le dice «buen perro». Sólo le traicionan sus andares patosos, pero impresiona.