EN EL BALUARTE | O |
11 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.SI LOS MONJES que habitaron el monasterio de Santa María de Monfero pudiesen ver cómo respiran hoy en día aquellas piedras que los vieron cocinar, estudiar y meditar, se llevarían las manos a la cabeza. Probablemente se espantarían al ver cómo las paredes de los claustros por los que solían pasear han sido devoradas literalmente por el moho y la maleza. Y seguramente echarían pestes al leer las pintadas que algunos inconscientes con ganas de juerga y botellón dejaron impresas en su antigua cocina en un alarde de brillante bellaquería. Si por casualidad me los encontrase entre la niebla de los montes de Monfero, yo les sugeriría que volviesen a su descanso celestial y regresasen más tranquilos dentro de dos o tres años, tal vez en el 2007 o quizás en el 2008. Para entonces, si volviesen, se encontrarían con un monasterio bien distinto, porque en ese edificio ya no habrá maleza capaz de invadir los claustros ni tampoco las goteras conseguirán colarse por el tejado. En su lugar, lujosos tapices y lustrosos muebles se habrán apoderado de las salas, mientras los inquilinos del convento, felices como unas pascuas, se abandonarán a la buena vida. Dormirán plácidamente, comerán platos exquisitos y disfrutarán de los placeres del agua y los masajes. Porque Monfero, dentro de muy poco, se convertirá en eso: en un espléndido hotel de cuatro estrellas con centro termal incluido. Aunque es posible que a los monjes no les guste tanto despiporre -como buenos predicadores de la austeridad-, seguramente se sentirán aliviados y respirán tranquilos porque por fin alguien, después de años y años de abandono, ha decidido librar del olvido a sus divinas piedras. Alabados sean por eso, sin que sirva de precedente, los altos cargos políticos que tomaron la decisión.