PAISANAJE | O |
21 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.POR LA mañana, un té chino; a medio día, el café que te sirven viene de Perú y el azúcar es de importación, también de América Latina; de comida, en un uruguayo de la calle Dolores; merienda, una barra de pan vienesa acompañada por embutidos leoneses; y de cena, por capricho, una tapa de chocos autóctonos. Se llama globalización, y bien entendida, bien aprovechada, es una gozada. En esa tableta de chocolate que es A Magdalena y sus inmediaciones se ve a un grupo de ecuatorianos que juegan al voleibol en la plaza Vella de Ferrol Vello, a un grupo de camareras argentinas que no paran en la plaza de Amboage, a un senegalés -un clásico- que vende artesanía en la plaza de Armas y a un grupo de orientales que extienden una manta con juguetes en la plaza de España. Aunque esa es la cara menos amable de esa globalización. Pero hay más: cada domingo se visten de verde -con el Racing, para volver a Segunda- dos franceses, un australiano, un argentino, un brasileño y un guineano. Por As Pías, en el cedé japonés de un vehículo alemán suena música de Chayanne, un portorriqueño que tocará en Ferrol el 23 de julio un disco que ha producido en Estados Unidos y que hace moverse a medio planeta (el otro casi ni conoce la electricidad). Y mucho más: las ayudas para que esta comunidad autónoma progrese y llegue al fin al carro de cabeza proceden de Bruselas, un lugar en el que conviven una decena de lenguas y miles de funcionarios de (hasta hoy) quince estados. Hasta el papel en el que leen La Voz viene de tres países nórdicos diferentes. Y en los colegios en que se distribuye hay niños de una veintena de nacionalidades. Por todo ello, cada vez entiendo menos los localismos y las banderas...