El monasterio de San Juan de Caaveiro existe desde hace más de mil años, aunque no siempre tuvo el mismo aspecto. Aseguran los estudiosos de la zona que al principio el lugar fue punto de encuentro de anacoretas. Se construye después un primer conjunto de edificios, por impulso de San Rosendo. Allí vivirían hombres de religión que ejercerían su poderío sobre un amplio territorio que llegó a alcanzar los 300 kilómetros cuadrados. Y se cultivaban trigo, centeno, maíz, vides, legumbres, castañas y frutas. La ambición de los nobles Esta influencia chocaría en el siglo XV «con la ambición de los señores de Andrade», como explican Isabel Aguirre y Celestino García Braña en la reseña histórica que acompaña a su proyecto. Los nobles arrebataron a los monjes parte de las tierras. Siguen los pleitos por la tierra hasta que en el siglo XVIII llega la desamortización y Caaveiro deja de tener un uso religioso. En el XIX un abogado eumés, Pío García Espinosa, adquiere el emblemático edificio y acomete algunas obras de acondicionamiento. Sus herederos siguieron utilizándolo de forma esporádica hasta comienzos de los años sesenta, en el siglo XX. ? partir del próximo mes de julio los aficionados a deshacerse del estrés visitando el monasterio de Caaveiro en el corazón de la fraga del Eume tendrán que variar sus costumbres. Ya no se les permitirá llegar con el coche hasta prácticamente el pie del convento, como ocurre ahora. En cuanto esté terminada la restauración que comenzó hace sólo cuatro días (1,2 millones de euros que paga la Diputación y ejecuta la empresa Varela Villamor), los vehículos de motor se quedarán a cinco kilómetros del conjunto monumental. En la carretera que parte de Pontedeume y discurre por la orilla del río se está construyendo ya un gran aparcamiento. (esta parte de la obra la paga el patronato del parque del Eume) y desde allí se podrá seguir ruta a pie o en bicicleta. Quienes no puedan o no quieran caminar hasta el monasterio (se perderán los espectaculares bosques de robles, encinas, castaños, abedules, reflejándose en las aguas del Eume), podrán subirse a un microbús que los llevará hasta el destino final. Será el único vehículo que podrá circular por la zona restringida. De este modo, explica Isabel Aguirre Urcola, autora del proyecto de restauración, no sólo el edificio, sino también su privilegiado entorno se conservarán lo más libres posible de la impronta de ser humano o, al menos, de algunos de sus inventos. La intervención El proyecto elaborado por la propia Aguirre y su esposo, Constantino García Braña -resultaron vencedores de un concurso convocado por la Diputación-, supone la reconstrucción de los muros del monasterio. Aguirre detalló la intervención prevista: «Lo que vamos a hacer es consolidar muros, rehacer lo destruido, corregir grietas, poner cubiertas». Sólo se pretende que la construcción actual se sostenga durante mucho más tiempo y que visitarla resulte cómodo, sin necesidad de permanecer a la intemperie y sin correr peligro de que un muro se venga abajo.