Ya muerto Franco, las ofrendas nacionales al Apóstol seguían siendo realizadas por militares, bien el capitán general de la VIII Región, con sede en A Coruña, o el de la Zona Marítima del Cantábrico, en Ferrol. Ello motivaba el lógico recelo de los políticos, máxime cuando España ya tenía un Parlamento surgido de unas elecciones generales democráticas, el 15 de junio de 1977. Los militares, además, aprovechaban la ocasión para hacer juicios de valor sobre la situación del país, mayormente convulsa, lo que podía ser interpretado como una intromisión en campos que no eran de su competencia. No obstante, en la ofrenda de este año, el almirante de Ferrol, que tenía el patriótico apellido de Español, pedía al Apóstol Santiago, que enseñase a los españoles a «encontrar fórmulas de convivencia que hiciesen fecunda la variedad en la unidad de la nación» y que «la paz reinase en todos los corazones», lo que era un deseo común de todos. La ofrenda era una tradición de siglos que sólo fue dejada en suspenso por la Segunda República, aunque la continuó haciendo, de modo particular, la Cofradía del Apóstol Santiago. Se reanudó en 1937.