«Battle Royale»: solo puede quedar uno

PUBG o Fortnite. La fiebre por los «battle royale» suma millones de jugadores en todo el mundo ante un nuevo género que ofrece exploración, supervivencia y acción. El único objetivo de la partida es ser el último jugador en pie, tarea que puede llegar a convertirse en una auténtica odisea.


En 1999 el escritor japonés Koushun Takami veía editada su novela, un libro que rápidamente se convirtió en best seller debido a la polémica generada por el contenido ultraviolento de sus páginas. Su título era Battle Royale, y el éxito derivó en una película homónima que el tiempo quiso convertir en cinta de cierto culto. La historia elaborada por Takami sucede en una línea de tiempo alterna. Japón se ha convertido en un estado más grande que el que ahora ocupa a raíz de una posible victoria durante la II Guerra Mundial. Como un método de control de la población, cada año cincuenta clases de tercer año (de varios institutos) son elegidas para participar en un macabro juego. Los alumnos son enviados a un lugar aislado (un polígono, una isla…) y son obligados a luchar a muerte hasta que solo quede uno (sí, Los Juegos del Hambre tomaron gran parte del argumento presente en esta historia). Eso es Battle Royale, y esa es la premisa que ha cogido el ahora nuevo género de videojuego que arrasa en todo el mundo. Mata a todos los rivales en un paraje enorme y sobrevive. Búscate la vida. Ocúltate. Lucha. Gana.

Igual que ha ocurrido en otros momentos de la industria del videojuego, el género battle royale no nace de una manera premeditada en exceso. Ninguna compañía decide tomar el concepto como tal y diseñar un título desde cero combinando elementos de supervivencia, exploración y recolección (a menudo resumido en crafteo, o creación de ítems, en la jerga consolera); y en el que el último jugador en pie vence. A diferencia de otros videojuegos, estos permiten partidas de un elevadísimo número de jugadores, en las que un área segura del terreno se va empequeñeciendo, obligando a los supervivientes a situarse cada vez unos más cerca de otros, haciendo el encuentro necesario.

Los orígenes del género se encuentran en modificaciones o mods creadas por los propios usuarios e implementados en juegos como Minecraft o ARMA 2, aunque fue con H1Z1 donde la comunidad comenzó a entrever el potencial de este tipo de supervivencia, lo que derivó en la creación del primer título como tal, el PlayerUnknown’s Battlegrounds (PUBG), lanzado el pasado año. A finales del mismo llevaba vendidas más de 25 millones de unidades. Una locura generalizada que ha acabado por revolucionar la industria del videojuego, y en la que cualquier precedente simula solo una anécdota.

Ahora, sobre la mesa, el pastel de jugadores se ha repartido entre PUBG y Forntnite. Dos títulos similares en su planteamiento, pero diferentes en su desarrollo. La propuesta de único jugador en pie es la misma, pero el sistema para conseguirlo varía en algunos puntos. En primer lugar destaca el apartado gráfico, en donde PUBG apuesta por un entorno y personajes más realistas. Fortnite quiere parecerse más a un dibujo animado, es más colorista, más excéntrico.

Ninguno es un juego propiamente perfecto, pero su dinámica es completamente adictiva. Las partidas son rápidas, y el objetivo es simple aunque difícil de conseguir. ¿Muere el personaje a controlar? Pues a otra partida nueva. El volumen de jugadores es tal que siempre hay con quién jugar. Este mismo febrero, los días 3 y 4, Epic, el estudio responsable de Fortnite, tuvo problemas en sus servidores. El motivo no era otro que el brutal volumen de gente queriendo acceder a ellos. Logró más de 3,4, millones de usuarios simultáneos entre PC, PlayStation 4 y Xbox One. Doscientos mil más que la alcanzada por su némesis, el PUBG. Aquí cabe explicar un hecho necesario. El título de Epic es gratuito, solo requiere ser descargado; el de Bluehole es de pago (29,99 euros en Steam).

¿Un nuevo eSport?

Tal es el éxito de los battle royale que no pocos se preguntan si la comunidad está viendo el nacimiento de un nuevo deporte electrónico. Hasta ahora ha habido diferentes campeonatos y torneos, aunque el propio planteamiento de estos títulos y su jugabilidad hacen complicada su total aceptación dentro del sector profesional. En sus partidas hay demasiada gente. Es posible que a nivel online eso no resulte un problema, pero a la hora de organizar un torneo serio, de gran envergadura, sería casi imposible movilizar una cantidad real de jugadores para que jugaran presencialmente. Por lo menos, los gastos se dispararían en comparación por ejemplo con un Moba como Dota 2, con equipos de cinco jugadores.

No solo eso. Hay como siempre la opción de las temidas burbujas. ¿Cuánto tiempo durará esta fiebre por los battle royale? ¿Es solo repentina o todo lo contrario, un género nuevo que se mantendrá en auge durante las siguientes décadas como ha ocurrido con los shooters en primera persona, o los juegos de lucha? A falta de bola de cristal y cartas del tarot es difícil discernirlo, pero la realidad es que los números que manejan tanto Fortnite como PUBG asustan.

El caso del primero es particular. Al ser gratuito ha llamado la atención rápidamente, y la inclusión de un sistema más arcade, más a lo bruto podría decirse, y que hasta implica construcción de estructuras ha calado muy hondo entre los usuarios. En apenas cuatro meses ha revolucionado el mercado y en canales de streaming como Twitch posee más espectadores globales que otros gigantes como Overwatch, HearthStone o WoW.

Diversión a raudales

El apoyo de muchos YouTubers y otros streamers ha supuesto un empujón definitivo para los battle royale. La realidad es que son divertidos y, en cierto modo, increíblemente difíciles. Aquí solo hay un ganador, y ese es el primero (o el último, según se mire). Al jugar contra 99 jugadores las posibilidades de victoria parten de un escaso 1%.

Ese reto, en el que uno obviamente va mejorando a medida que conoce el mapa y las mecánicas propias de cada título, dota a las partidas de un aliciente adictivo bestial. Esos últimos minutos de partida cargados de tensión son pura adrenalina. Un disparo y la victoria al fin. Pero no, el jugador ve como cae muerto su personaje por un tiro por la espalda. Toca reiniciar.

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