Ficciones y realidades


Redacción

En el último Mobile World Congress tuve la oportunidad de hablar con un robot. Bueno, quizá sea demasiado optimista: básicamente me dijo hola, me preguntó mi nombre y cómo estaba. Alguien le sugirió al androide una mayor proximidad y lo invitó a shake hands (estrechar la mano), pero él entendió cheese cake (tarta de queso) y siguió a lo suyo. NAO era poco más que un juguete, pero su hermano mayor, Pepper ?ambos desarrollados por SoftBank Robotics? ya es utilizado por algunas empresas, incluso en Galicia (Abanca, Carrefour...), para recibir a los visitantes y darles información. No parece que puedan suponer una amenaza, pero nunca se sabe qué puede pasar con un cacharro de plástico y metal relleno de circuitos impresos.

El cine nos ha mostrado numerosos ejemplos de autómatas que desafían o se rebelan contra las decisiones de los humanos. Hace poco volví a ver un clásico de los años 50, Planeta prohibido (Fred M. Wilcox, 1956), y aparte del impacto de contemplar a Leslie Nielsen en un papel dramático, lo más interesante fue comprobar cómo hace ya más de medio siglo se hacían las mismas preguntas que hoy nos planteamos respecto a la Inteligencia Artificial: ¿Debe el robot Robby matar al ente originado por el trastornado doctor Morbius, a pesar de que este es una persona y podría sufrir consecuencias fatales? En el candoroso filme de serie B, el orondo Robby colapsa ante el dilema, probablemente porque había sido configurado para seguir al pie de la letra las tres leyes de la robótica formuladas por Isaac Asimov: un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño; un robot debe hacer o realizar las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la primera ley; un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda ley.

Después de Robby ?que fue vendido en una subasta el año pasado por 5 millones de dólares? llegaron otras máquinas de ficción capaces de tomar decisiones trascendentales para el devenir de sus creadores, como el siniestro HAL 9000 de 2001. Una Odisea del Espacio, el androide Ash de Alien, los replicantes de Blade Runner o el ciborg de Terminator. El tema es recurrente tanto en la literatura como en la gran y pequeña pantalla. Una de las series estrella del año pasado, la soporífera Westworld, basada en la película homónima de 1973 dirigida y escrita por Michael Crichton, aborda precisamente el amanecer de una conciencia artificial en un parque temático del futuro.

Pero mientras llega ese mundo distópico al que, según la imaginación de algunos creadores, estamos abocados irremediablemente, el presente nos muestra una realidad que se empeña en superar a la ficción. Fake news, virus informáticos globales, asistentes personales que nos vigilan en nuestro propio hogar, masas de zombis atados a sus móviles... Quizá haga falta un botón para desconectarnos de nosotros mismos.

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