Tatuajes, ¿cuáles serán sus efectos a largo plazo?

La dermatóloga Yael Adler alza la voz para mostrar su preocupación por los efectos a medio y largo plazo de los tatuajes en el cuerpo. España es uno de los países que más controles ejercen sobre la calidad de las materiales, aunque la Comisión Europea ha elaborado un informe en el que muestra su preocupación por la composición de algunos de ellos.

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Yael Adler es la dermatóloga más famosa de Alemania. Cuenta con un largo currículo y muchas intervenciones en programas o las redes. Su fama se debe a la manera directa y práctica en la que desmitifica supuestos problemas como la celulitis o las estrías, pero también en la dureza con la que critica prácticas que amenazan al órgano más extenso y el que mejor refleja el estado de salud (incluido el mental). En su último libro, Cuestión de piel (Editorial Urano), se muestra crítica con los tatuajes, una tendencia al alza en los últimos años. De hecho, les dedica un capítulo que titula Tatuajes: una película gore para la piel. La preocupación de Yael Adler se hace extensiva a un informe reciente de la Comisión Europea, en el que recuerda que aún no hay estudios científicos exhaustivos que indiquen los efectos de la tinta en nuestro cuerpo a largo plazo pero en todo caso, señala a España como uno de los países que mejores controles ejercen en relación al tatuaje, tanto en controles sanitarios del material empleado como en el de las tintas, bajo la inspección del Ministerio de Sanidad. De hecho, España es el único país que ha elaborado una lista con los productos químicos que se pueden utilizar en los tatuajes.

Para Adler, que -para bien y para mal, pues ello lleva también a buscar en ocasiones titulares de fácil consumo- se expresa con la contundencia de un personaje acostumbrado a encontrar gran repercusión en los medios, las consecuencias de un tattoo pueden ser fatales, hasta el extremo de que condicionan los diagnósticos, en especial por los ingredientes con los que se da color a los adornos sobre la piel: «Las células del sistema inmune aíslan una parte de los pigmentos colorantes y estos permanecen encapsulados para siempre en la dermis como si fueran un paquete de cuerpos extraños. Mientras que otra parte del pigmento colorante es transportado a través de la linfa con la esperanza de que tal vez los ganglios linfáticos consigan apañárselas con el problema. Pero evidentemente tampoco saben cómo desalojar estos desechos tóxicos. De ahí que sean enviados a un depósito final».

Parece metástasis

La doctora alerta de que cuando los pigmentos quedan en esta situación las consecuencias pueden ser incluso letales: «Los ganglios linfáticos afectados se teñirán de color. Solo un patólogo saber reconocer al microscopio la diferencia entre los residuos del tatuaje y la metástasis causada por un cáncer de piel negro. Sin embargo, para que este pueda examinar el tejido primero hay que operar: una estadounidense de 32 años padecía cáncer de cuello uterino. Llevaba ambas piernas tatuadas. Los procedimientos suministradores de imágenes empleados para la búsqueda de metástasis mostraron nódulos sospechosos en el bajo vientre, por lo que sometieron a la joven a una operación de vaciado. Sin embargo, después se supo que la alteración de los ganglios linfáticos no se debía a la metástasis, sino a los pigmentos del tatuaje, por lo que esta histerectomía radical era innecesaria». En sus programas Adler ha descrito otros casos en los que incluso se llegó a emplear un tratamiento para la metástasis innecesario.

«Chapapote»

La dermatóloga germana hace una larga lista de los componentes de origen industrial que se inyectan en la piel, pero sobre todo una descripción casi de película de terror del proceso: «Echémosle imaginación y supongamos que nos sentamos en el suelo de la segunda planta de nuestro garaje subcutáneo. De repente una gigantesca aguja perfora el techo que hay sobre nosotros y nos cae encima un chapapote de tinta negra. Así una y otra vez. Al cabo de un rato esa cosa horripilante pasa de largo, aunque durante mucho tiempo todavía oímos el zumbido, sentimos el temblor de la piel lesionada, estamos rodeados de dolor y sustancias tóxicas».

Según ella el organismo detecta enseguida la agresión, pero carece de recursos para defenderse y por eso distribuye los tintes y la amenaza como puede: «Ha penetrado color; una parte cuelga aún de las columnas de protección, otra se ha pegado al techo y el resto se desliza por las hendiduras de los vasos linfáticos lesionados. Y en algunos lugares hasta se ha desmoronado la cubierta y el color se ha esparcido sobre el tejido adiposo. Un infierno semejante a una película gore, una pesadilla».

La obra da cuenta de lo que, en opinión de Adler, es una incongruencia: ninguna crema podría llevar los ingredientes industriales de la tinta de los tatuajes y aunque así fuese podría eliminarse con un lavado. El problema es que en países donde el control de los materiales no es tan riguroso como en España, los tatuados se implantan en el interior de su cuerpo pigmentos «que contienen metales pesados y materiales cancerígenos que pueden desencadenar alergias y dañar el material genético y la capacidad reproductiva». La dermatóloga lamenta no poder ofrecer soluciones a las personas que ya acusen los efectos de estos colorantes, ya que el láser elimina la tinta de la superficie cutánea, pero no del interior del cuerpo. Además, alerta de que los enfermos de psoriasis no toleran los tatuajes y de lo peligroso que es pinchar un lunar. Incluso apela a argumentos que no tienen que ver con la salud: «Un tatuaje permanece, pero la vida sigue, a la par que el envejecimiento cutáneo», cuenta un médico que conoce muchos dragones con escamas y rosas marchitas dibujados en la piel.

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