Papi, ¡no quiero ir!

Aferrarse con todas sus fuerzas a los brazos de mamá o papá es una de las muchas estrategias de los niños para evitar separarse de ellos, aún a costa de perderse el campamento o una noche en casa de sus amigos. Los expertos recuerdan que es fundamental trabajar la autonomía del menor

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Con la llegada del verano, muchos son los niños que acuden a campamentos o se van fuera de casa a estudiar inglés. Esta experiencia en la mayoría de los casos se vive con ilusión, pero no en todos. Hay menores que no quieren separarse de los padres bajo ningún concepto, por mucho que insistan los progenitores. Saber cómo actuar y qué es lo que debemos hacer es importante a la hora de evitar que esta experiencia se convierta en traumática.

 «Hay que partir de una premisa, crecer es separarse y ganar en autonomía. Y todas las fases evolutivas del desarrollo del niño están marcadas por pérdidas. La primera es el destete, luego la incorporación a la guardería o al colegio, pero cada momento de separación es una ganancia en individualización», explica Manuel Fernández Blanco, psicoanalista y psicólogo clínico en la unidad de salud mental infantojuvenil del Materno Infantil (Chuac) de A Coruña. «Siempre que hay una nueva separación, especialmente cuando se trata de las que implican ya no estar en presencia de los padres, la pregunta fundamental del niño es: ‘¿pueden estar sin mí?’ Es decir, no es tanto ‘¿puedo yo estar sin ellos?’, sino lo que a veces angustia al niño es la posibilidad de pensar que los padres pueden estar sin él», aclara.

Para que el niño sea capaz de dar el paso, se debe tener en cuenta su nivel de independencia, y en el supuesto de que esté muy apegado a los padres nunca se le debe forzar: «Es fundamental no solo que el niño pueda aceptar separarse de los padres, sino que los padres acepten perder al hijo de buena manera, porque la separación es buena, permite al niño relacionarse entre iguales y en la mayoría de los casos suele ser muy satisfactoria. Pero no debe forzarse en niños muy inhibidos o con un apego excesivo -añade el experto-. A veces la tendencia es a pensar que si está muy apegado, entonces lo mandas y se soluciona, pero si realmente hay un apego excesivo la experiencia puede ser traumática. No se trata de cura o revienta», añade. Lo que recomienda en estos casos es hacer un trabajo con el niño para que progresivamente vaya ganando en independencia y «a partir de ahí plantearse el objetivo de la separación por unos días».

Hay que pensar que los padres pueden ser responsables de este apego excesivo: «El temor de los progenitores se transforma en indefensión en el hijo. Y a veces lo que hay detrás de esto es que algunos padres inconscientemente toleran mal que sus hijos se desprendan sin problemas y confunden la facilidad de separación con una cierta desafección», asegura. Otro aspecto a tener en cuenta es que los menores diferencian muy bien si los padres los envían fuera de casa para que se diviertan o si es para estar sin ellos una temporada: «Es decir, no es lo mismo decir ‘qué bien lo vas a pasar, qué contento vas a estar, nos gusta que pases por esa experiencia’, que cuando la separación es un modo de poder estar sin él. Si el niño percibe que, como se suele decir coloquialmente, es ‘colocado’ va a sentirse como un estorbo para los padres y entonces la experiencia de separación no se vive como algo ilusionante, sino que incluso se puede vivir como abandono», explica. Fernández Blanco también apunta que se puede dar el caso de que sufran lo que se conoce como trastorno por ansiedad de separación, cuando el niño tiene pensamientos catastrofistas de que algo malo pueda ocurrirle a las personas con las que está más vinculado en su ausencia: «Esto tiene que ver ya con un problema psicopatológico y requiere de intervención profesional. También si el niño tiene fobias muy intensas puede no soportar esta separación, como a la oscuridad, a dormir en lugares fuera del control de los padres», indica.

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