El negocio de las intolerancias

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Ineficaces y con riesgos. Los médicos aseguran que las pruebas para detectar presuntas intolerancias alimentarias no tienen rigor científico e incluso retrasan un buen diagnóstico. Recuerdan que la clave está en distinguir entre intolerancias y alergias.

15 may 2016 . Actualizado a las 17:29 h.

Los test para medir intolerancias alimentarias (el de Alcat, los basados en medición de IgG específica u otras técnicas como la kinesiología, bioresonancia o electroacupuntura) son una farsa. Lo aseguran especialistas en digestivo como Ana Echarri Piúdo, que afirma que no tienen un soporte científico, no han demostrado utilidad clínica y tampoco se pueden aplicar a otras enfermedades para cuyo tratamiento también se postulan, como la obesidad, las migrañas o el colon irritable . «No se pueden recomendar e incluso pueden provocar un retraso en el diagnóstico y tratamientos inadecuados», alerta la médico del Complejo Hospitalario Universitario de Ferrol, que, sin embargo, asegura que para identificar el alérgeno (la proteína implicada en la aparición de la alergia) se realizan unas pruebas cutáneas, que reproducen en la piel la reacción que se dan en otras partes del organismo y que se hacen en los servicios de alergología.

 Una de las claves para no dejarse engatusar por los falsos análisis de algunas clínicas y dietistas (que rondan los 200 euros) pasa por conocer la diferencia entre las alergias y las intolerancias. «Ambas situaciones se pueden clasificar como reacciones adversas a alimentos, es decir, respuestas clínicamente anormales ante una ingesta, pero la gran diferencia entre ellas se basa en los mecanismos relacionados con su aparición», cuenta Echarri, que detalla que las alergias alimentarias están determinadas por un mecanismo inmunológico, mientras que las intolerancias se desencadenan por otros mecanismos en los que pesan aspectos farmacológicos, enzimáticos o psicosomáticos, incluso.

En las alergias alimentarias el contacto con los alérgenos del alimento (generalmente proteínas) desencadena una reacción adversa del sistema inmune con una liberación de sustancias que producen diferentes síntomas. Puede estar causada por la creación de anticuerpos (alergia inmediata generada generalmente por anticuerpos IgE) o de células (alergia tardía) cuyo principal exponente es la enfermedad celíaca. Sin embargo, en las intolerancias alimentarias, el mecanismo que condiciona la sintomatología no es inmunológico. Simplemente el organismo no puede asimilar correctamente un alimento o uno de sus componentes por diferentes causas: metabólicas, relacionadas con un déficit de enzimas involucradas en el metabolismo de un alimento (como es el caso de la intolerancia a la lactosa por déficit de lactasa); farmacológicas, en relación con compuestos químicos presentes en los alimentos (como la histamina, presente en el queso o chocolate, la tiramina, que se puede encontrar en embutidos, café o el vino tinto); o indeterminadas, muchas veces relacionadas con aditivos y conservantes; e incluso por una aversión psicológica.

Aunque los síntomas de la intolerancia y de la alergia alimentaria son similares, las diferencias entre ambas son cruciales: cuando se toma un alimento al que es intolerante, la reacción será un malestar sin más consecuencias, pero la reacción del organismo a un alimento del que es alérgico puede ser muy grave y hasta mortal.

La ventaja de las intolerancias es, además, que se pueden ingerir pequeñas cantidades del alimento sin que se produzcan síntomas, mientras que en los alérgicos una mínima cantidad ya desencadena una crisis.

«Una de las características de la alergia alimentaria es su regresión espontánea, sobre todo cuando aparece de forma temprana, algo que puede guardar relación con la maduración del sistema inmunológico y digestivo. Para prevenir la aparición de alergias alimentarias, se aconseja lactancia materna sin introducción de otros alimentos al menos los cuatro primeros meses de vida», explica la especialista. En cuanto a las intolerancias, la más frecuente es la intolerancia a la lactosa, y muchas veces es transitoria. «Como todas las intolerancias y a diferencia de las alergias, se puede tolerar sin síntomas una pequeña cantidad del alimento intolerante. El paciente tiene que ir evaluando las cantidades que puede tolerar, por este motivo, no es necesario hacer pruebas en la mayoría de los casos, se puede observar la cantidad de alimentos con lactosa que se pueden digerir bien al día o consumir alimentos con contenido bajo en lactosa como el yogur o los quesos duros. De todas formas hay disponibles unos test específicos de intolerancia a la lactosa como el test de hidrógeno espirado o el test de gaxilosa en orina», recomienda una facultativo que es experta en divulgación de contenidos a través de Internet, cuenta con una web que es referencia en 22 centros de toda España y recibe 20.000 visitas cada mes.

Ana Echarri detalla que las principales alergias son a la proteína de la leche de vaca y que tiene una prevalencia del 2 % y del 3 % el primer año de vida. Los primeros síntomas pueden ser variables, desde manifestaciones cutáneas leves hasta reacciones anafilácticas graves y suele evolucionar hacia la remisión a corto o medio plazo. El tratamiento pasa por una dieta estricta. La otra alergia es a los frutos secos, dura toda la vida y puede dar reacciones anafilácticas con frecuencia, incluso con un contacto mínimo.

La intolerancia a la lactosa es la que describe como más común y está asociada a actividad baja de la enzima que metaboliza este azúcar, puede ser congénita y genera dolor abdominal o diarreas. Su tratamiento pasa por simplemente evitar los lácteos.

Las pruebas avaladas científicamente son cutáneas y sirven para las alergias: reproducen en la piel la reacción que se da en otras partes del cuerpo