Las elecciones que vienen se parecen tanto a las del 28 de abril, que los candidatos no necesitan ni pasar por un estudio fotográfico para los nuevos carteles. Si alguno necesita renovar su foto, es Pablo Casado, pero es porque se ha dejado barba y sería un poco extraño verlo barbudo en la tele y afeitado en las vallas. En lo demás, ni un cambio, empezando por los nombres. Van a ser los mismos, con su misma voz y su mismo programa. No se dirán las mismas cosas, porque el mismo señor Casado habrá aprendido que en unas elecciones hay que echar muchas broncas, pero también hacer alguna oferta ilusionante. Al señor Rivera alguien le dirá o le habrá dicho que, además de hablar del artículo 155 y de denunciar pactos con los separatistas, los votantes queremos que nos digan algo sobre la calidad de vida y las necesidades del personal.

Pero los contendientes serán los mismos. A ningún partido se le ocurrirá exigir a su líder responsabilidad por no haber impedido las elecciones, ni por bajar en las encuestas, ni por ninguna otra razón. Ni siquiera se exigirá esa responsabilidad a quienes perdieron tantos votos en abril y pienso en los dos Pablos, Iglesias y Casado. La política no es una empresa cuyos ejecutivos son destituidos si entran en pérdidas o no alcanzan los niveles de beneficio que se espera de ellos. En política te equivocas, haces una gestión defectuosa, eres un manta o no sabes salirte del carril para pactar un presidente del gobierno y, salvo que tengas un ala crítica muy fuerte en el partido, puedes continuar en tu puesto.

Y así vamos a las nuevas urnas: con los mismos candidatos. Inquietémonos algo: con los mismos que ahora han sido incapaces de lograr algún acuerdo. Con los mismos que tuvieron a su país empantanado durante casi medio año. Con los mismos que son severamente censurados en el recentísimo estudio de la Fundación BBVA que dice que la política y los políticos no inspiran confianza a una importante mayoría de los ciudadanos. Y ellos son los llamados a negociar otra vez la formación de Gobierno si nadie, como parece previsible, obtiene la mayoría absoluta en la cita con las urnas del próximo 10N.

¿De verdad estarán dispuestos a negociar un gran acuerdo de reparto del poder después del 10 de noviembre? ¿De verdad sabrán aparcar las incompatibilidades que demostró Rivera, los tacticismos de Sánchez, las seguridades de Iglesias, las urgencias de Casado por llegar al poder? Permítanme una pequeña dosis de escepticismo. Creo que tenemos derecho a preguntarnos si por lo menos cambiarán de actitud. Este miércoles no hubo ningún indicio de ese cambio en la sesión de control del Congreso de los Diputados. Al revés: parecía haber vuelto la crispación; aquello que Alfonso Guerra llamaba la acritú.

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Nuevo tiempo, las mismas caras