Un Ejército moderno en una rancia ceremonia

Xosé Luis Barreiro Rivas
Xosé Luis Barreiro Rivas A TORRE VIXÍA

ESPAÑA

07 ene 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Si Franco resucitase vería que este país es una democracia por dos cosas: el Ejército y las autonomías. En el Poder Judicial, diría, hay de todo, y funciona «daquela maneira» (porque era gallego). La UE era para él cosa obvia, porque fue su ministro Castiella el que solicitó, en 1962, el ingreso en la CEE. Las urnas eran «orgánicas», pero las había. Los pillos de Matesa y Reace eran, respecto a lo de hoy, unos aficionados. El fenómeno Podemos lo entendería con solo decirle que «tienen una revolución pendiente». Sobre el sistema sanitario recordaría con orgullo que los grandes hospitales de hoy se llamaban entonces XXV Años de Paz, Primero de Octubre, y cosas así. Y los rifirrafes entre el PSOE y la Iglesia católica le parecerían cosa de niños a quien puso al obispo Añoveros al borde del destierro, aunque al final se rajó por miedo a la excomunión -¡tiempos aquellos!- que iba a firmar Tarancón.

Pero el Ejército y Mas lo harían regresar a la tumba -gracias a Dios-. Porque ni podría entender que se haga el payaso sobre la «unidad de los hombres y las tierras de España»; ni que aquel «su» Ejército, lleno de chusqueros y fachas, y mezcla de institución militar y policía represiva, fuese hoy una fuerza moderna, democrática, dirigida por universitarios políglotas, profesionalizado, discreto, nada politizado y -esto sería lo que más le dolería- amado y respetado por la mayoría de los ciudadanos. Porque si en algo nos salió bien la transición, aunque fuese por los pelos, fue la democratización y modernización de las Fuerzas Armadas y de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que, si los convirtiésemos en indicador de éxito, tendríamos la sensación de estar en una de las democracias más viejas y asentadas del mundo.

Pues bien, a este Ejército, que gana puntos y prestigio abriendo los cuarteles y enseñándose en traje de faena ante la gente común, no le sientan bien ceremoniales como la Pascua Militar, que, plagados de estrellas, gorras y fajines, nos hacen eructar a casta y dictadura, y que, incrustadas en la crisis, aportan fáciles y demagógicos argumentos a los que piensan que cerrando el chiringuito «Defensa» podríamos evitar los desahucios, ampliar los subsidios de desempleo y devolver las preferentes. Más aún, siendo evidente que lo único que nos preocupa en el terreno militar es la creación del Ejercito de la UE, la forma en que se deciden las misiones exteriores -a varias de las cuales fuimos de gregarios y perfectamente equivocados-, y como se decide nuestra colaboración con EE.UU., no sienta bien que el rey se dedique a hacer un discurso protocolario, que vale para cualquier época y circunstancia, mientras el debate de enjundia se hurta al Parlamento y a la nación. Y por eso creo que la Pascua Militar de ayer, si no fuese por la cojera, la podría presidir el viejo rey.