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Álvarez destacó por su carácter reservado. Su vida pasó inadvertida para la mayoría, no así su obra, que se coló en todos los hogares españoles
15 sep 2014 . Actualizado a las 09:24 h.Cuentan que, cuando más duro golpeaba la crisis en las ventas, hace de eso unos tres años, Isidoro Álvarez cerró su despacho, salió a la calle y dedicó unas cuantas horas a visitar las cuatro plantas de la tienda de Zara en la madrileña calle Serrano. Quería comprobar de primera mano por qué la crisis no se cebaba de la misma manera con el rival.
Si eso que dicen es cierto, seguro que nadie se percató de su presencia. Porque, si algo era Álvarez, además de muchas otras cosas, es discreto. Tanto, que su vida personal ha pasado inadvertida para casi todos. No como su obra, a la que logró colar en todos los hogares españoles. No le gustaba verse en los medios de comunicación, así que no concedía entrevistas. Dosificaba casi con tacañería sus apariciones públicas. La única segura, la del último domingo de agosto, fecha de la junta de accionistas de su compañía. Entonces sí, posaba para la prensa. A las puertas de la Fundación Ramón Areces. De pie. Siempre con el semblante serio. Y el traje oscuro. Ya no se repetirá.
Sesenta años
Decía debérselo todo a su antecesor, su tío Ramón Areces, empezando por el espíritu de lucha y trabajo. De su mano llegó a la empresa cuando apenas contaba 18 años y de sus manos recibió las riendas en agosto de 1989. Sesenta años le dedicó a la compañía, 25 de ellos como presidente. Empezó desde abajo, para llegar a lo más alto. Y desde allí creó un gigante con alma de comercio familiar. Convirtiendo la pequeña empresa de su juventud, aquella que comenzó como una diminuta sastrería en el centro de Madrid, en todo un referente entre los grandes almacenes. Tanto la hizo crecer, que hoy sus números asombran: 93.300 empleados pese a los ajustes por la crisis, 14.300 millones de euros de facturación anual y más de 700 tiendas de todo tipo en distintos segmentos.
Estrecheces
Como tantos otros en aquella España de la guerra y la posguerra, Isidoro Álvarez conoció las estrecheces. Nacido en la pequeña aldea de Borones (Asturias), en 1935, dedicó buena parte de su infancia a ayudar en las tareas del rural. Y dicen que el instinto comercial se le despertó en alguna de aquellas ocasiones en las que su padre, Dimas, lo llevaba con él al mercado para vender lo que cosechaban en casa y aliviar las penurias.
La pérdida de su padre, arrollado por un ferrocarril, supuso un duro golpe para una familia campesina que completaba sus ingresos con el trabajo de Dimas como vigilante nocturno en la Fábrica de Armas de Trubia y con la ayuda económica que recibían desde Cuba de su tío-abuelo, el empresario y financiero César Rodríguez.
Por entonces, su tío Ramón ya tenía la sastrería en Madrid. Y, como el negocio iba bastante bien, en 1953, el joven Isidoro se marcha a Madrid. Se matricula en la Facultad de Económicas de la Universidad Complutense. Estudia y arrima el hombro en el negocio familiar.
Se licencia en 1957. Es el primero de su familia que lo consigue. No solo eso. Obtiene el Premio Extraordinario en Economía y Ciencias Empresariales. Ese año asume su primer cargo directivo en la empresa.
La figura del tío
«Mi escuela ha sido siempre El Corte Inglés y mi maestro, Ramón Areces. Creo que la historia del comercio en este país no puede entenderse sin la presencia de Don Ramón, que ha introducido técnicas y procedimientos que han permitido la modernización del comercio en España», decía el empresario.
En la aldea donde nació, conservaba el empresario la casa familiar, a la que se trasladaba en algunas ocasiones para descansar. Hay allí 16 vecinos empadronados, testigos de la discreción de Álvarez. Se fue muy joven, pero mantuvo siempre unos vínculos estrechos con su tierra natal. «Mis sentimientos son árboles que crecen sobre las raíces que se hunden en esta tierra. Son los sentimientos de todos los asturianos que un día abandonaron su hogar y se dispersaron por todos los rincones del mundo», dijo una vez.