Con unas décimas no se arregla España

Manuel Campo Vidal

ESPAÑA

Hace falta una dosis de optimismo, pero sin engañarnos

29 sep 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Bienvenidas sean esas décimas de más sobre las previsiones que parece que va a crecer la economía española. Que el 2014 sea mejor que el 2013 es la buena noticia que nos ha traído Mariano Rajoy. Pronunciadas esas palabras, que ha ratificado el ministro Luis de Guindos, el aparato informativo afín al Gobierno se ha lanzado a celebrarlo. Está bien que se destaquen las noticias positivas rompiendo la arraigada tendencia al catastrofismo de buena parte de los medios en España. Necesitamos una dosis de optimismo reconfortante, pero sin engañarnos. Porque haríamos mal con salir a celebrarlo, como si la pesadilla hubiera terminado, por dos razones acumulativas: porque todavía no se ha producido, ya que se trata solo de una previsión, y porque no nos podemos conformar con ese avance.

«Si las cosas van mal y no hay remedio qué se le va a hacer», reza la admonición popular en la que se basa la resignación. Pero, con franqueza, ¿se ha hecho desde la política todo lo posible para salir de la crisis? ¿Se han seguido todas las recomendaciones en las que coinciden los expertos? Desde luego, en la reforma de las administraciones no. Se han adelgazado estructuras, algunas innecesarias, cierto, pero no se ha despedido a un solo funcionario; es decir, el personal contratado es el que ha sufrido los dolorosos recortes. Y a menudo ha sido hiriente ver como se prescindía de personas preparadas y abnegadas por el solo hecho de no contar con la bendición de contar con una plaza fija en la Administración mientras que quienes la obtuvieron en su día, con méritos o sin ellos, adquirían la condición de intocables, independientemente de su valía y su compromiso.

Pero hay más: siguen intactas las administraciones local, más la comarcal allí donde se creó, la provincial con sus diputaciones, la autonómica y la central. Y por supuesto, la europea. Permanecen las delegaciones cruzadas de unas y otras. En Madrid existe una delegación de la Generalitat y otra de la Diputación de Barcelona. En cualquier capital de provincia existen delegaciones de los correspondientes gobiernos autonómicos y así sucesivamente hasta tejer una madeja que nadie se atreve a desenredar. Como dice el catedrático José María Serrano de la Universidad de Zaragoza, «recortes muchos, reformas tendiendo a cero».

De modo que se ha hecho bastante contra la crisis pero para nada lo suficiente. Es cierto que se ha logrado un equilibrio financiero. Ya no pedimos al exterior para seguir gastando, con lo que se cortó la absurda carrera de endeudamiento continuo. Menos mal. Pero buena parte de los presupuestos de todas las administraciones, las empresas y las familias se destina al pago de intereses. Una lástima.

Todas las administraciones están mal pero algunas especialmente. «La situación andaluza es muy preocupante, porque no hay forma de levantar esta economía que ha sostenido durante décadas una administración que ahora ya no puede hacerlo», admite un alto directivo bancario andaluz. Salvo el País Vasco, La Rioja y en cierto modo Galicia, donde el equilibrio presupuestario se fijó como objetivo por Núñez Feijoo, al que le discute sus cuentas la oposición, las autonomías están muy debilitadas por la caída de los ingresos y algunas en el límite de la bancarrota, como la valenciana, la murciana y la catalana. Es decir, el resumen de España es preocupante, pero analizado pieza a pieza es alarmante. De nuevo, la pregunta: ¿se hace en cada comunidad desde el poder político todo lo que se puede hacer para afrontar la situación y enderezarla? Parece que no lo suficiente.

Y de nuevo las elecciones: es un martirio que los ciclos electorales interrumpan los ciclos empresariales y, en general, los económicos. En menos de dos años, los ciudadanos seremos llamados a las urnas. Es posible que hasta mayo del 2014, a un año justo de esos comicios municipales y autonómicos, todavía se pueda hacer algo, pero es norma general que en el último año de legislatura no se tomen medidas que puedan considerarse arriesgadas para los intereses de los partidos gobernantes. Así que, atrapados entre ese calendario y la profundidad de la crisis, la esperanza de que se tomen las medidas oportunas, especialmente las duras, queda limitada a nueve meses. Lo que no se arregle antes de mayo del 2014 deberá esperar. Bienvenidas por tanto esas décimas de alivio, pero es hora de pedir mayor compromiso y decisión a quien nos gobierna antes de que sea tarde.

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