Sin promover talento, España descarrila

Manuel Campo Vidal

ESPAÑA

La política sigue en lo suyo y la ciudadanía, cada vez más lejos. Ha tenido que ser de nuevo un grupo de entidades de la sociedad civil el que haya advertido seriamente sobre los «males de la patria», expresión acuñada en el título de un destacado libro del ingeniero oscense Lucas Mallada, a finales del XIX. Son los mismos (Fundación Everis), con la figura de referencia de Eduardo Serra, el único político ministro con el PSOE, con el PP y alto cargo con UCD, los mismos pero muchos más (Fundación Telefónica, APD, Universia y numerosos firmantes) que hace dos años lanzaron el manifiesto Transforma España que tan poco gustó a los partidos. ¿A quién se le ocurre poner el dedo en la llaga con lo bien que se vive en el océano de las palabras, convertido en desierto de ideas, de la política cotidiana? El documento de ahora se llama Transforma Talento y advierte de que, o usamos mejor el talento disponible, o España entra en una senda de difícil recuperación. Que descarrilamos, vaya.

Talento hay, en principio de sobra, dice el documento, pero solo aporta valor cuando se realiza, personal, social y profesionalmente. Y conviene realizarlo porque un país sin recursos energéticos solo cuenta con el talento como materia prima. Denuncian la situación de España como gravísima: tres de cada diez niños no termina sus estudios escolares; uno de cada dos jóvenes no halla trabajo; uno de cada tres adultos tiene dificultades para llegar a fin de mes y para buena parte de los pensionistas ser mileurista es un sueño inalcanzable. Proponen un Pacto por el Talento que suscriban todos los partidos y la sociedad, para lograr que cada nuevo Gobierno no traiga inexorablemente una nueva ley educativa; para apoyar de verdad la investigación, la ciencia y a los emprendedores. Para revalorizar el talento en las empresas. Y los Presupuestos del Estado y de las Administraciones no van en esa dirección. Habrá que recortar pero nunca de esas partidas esenciales para el futuro del país.

No es la única voz que presenta una enmienda seria a la situación. A las pocas horas de darse a conocer ese interesante manifiesto, una vez presentado al rey y entregado al presidente de las Cortes y a los partidos, el Colegio de Ingenieros Industriales de Madrid en su asamblea anual proclamaba que «sin industria no hay país». María Teresa Estevan Bolea, respetada ingeniera que fue eurodiputada, lo resumió así: «Es la hora de la industria». Y aportaba el dato de que el 87 % de lo que España exporta procede de la industria. De modo que la receta adecuada para salir de la crisis, sumando esas dos iniciativas tan sólidas y tan complementarias de la sociedad civil, queda clara: hace falta más talento y más industria.

No consta que la receptividad de la política haya sido ni siquiera mínima ante estas propuestas. La política, siempre en campaña, está enfangada en sus propios debates económicos, territoriales, electorales, identitarios y hasta de sexo, lejos de estas preocupaciones tan sensatas, y a la vez tan nucleares, de la ciudadanía. El país necesita urgentemente un cambio de rumbo político, o bien nuevos políticos que lideren estas iniciativas para la reconstrucción de un modelo productivo sostenible.

En cuatro semanas dispondremos de un nuevo escenario político porque el mapa será distinto, poco o mucho, en Galicia, País Vasco, Cataluña y, en consecuencia, en España. Y para entonces quizás Rajoy haya decidido si pide el rescate. O no. Que los nuevos rectores atiendan, sin tardanza, esas peticiones: Pacto por el Talento y más industria. Nos va el futuro en ello.

Crónica política