Un millón de indecisos mandan

La llave de la gloria o del fracaso el 28-N la guardan los que no saben a quién votar


Las encuestas electorales pueden tener efectos deprimentes o estimulantes, dependiendo del clima psicológico de la campaña. Como prueba, ahí están los datos del CIS anunciando que dentro de dos domingos, en las legislativas catalanas, Convergència i Unió ganará, como siempre desde 1980, pero quedará a nueve escaños de la mayoría absoluta; que el PSC pierde, pero no se desahucia; que el PP se mantiene o crece desde su limitada presencia y que los independentistas se redimensionan a la baja. Ha sido como una bomba: Artur Mas está feliz pero advierte que no está ganado, Montilla parece haber resucitado, Alicia Sánchez-Camacho pelea brava, como es la crónica de su vida personal, los de Esquerra y los de Iniciativa dan los muebles por salvados y Joan Laporta, ex presidente del Barça, coquetea con una actriz porno -catalana, faltaría más- para llamar la atención mediática.

Pero la llave de la gloria o del fracaso la guardan un millón de catalanes que hoy por hoy no saben a quién votar. Además, casi un 8% del electorado ya sabe que votará en blanco, sufragios suficientes para obtener seis o siete diputados. Si la participación fuese bajísima, como parecía hace tres semanas, hasta Laporta tendría opciones; si es mediana, la mayoría prevista para Artur Mas podría moderarse; y si se disparara el voto, la noche del 28 de noviembre, tendrá tanta emoción como el Barça-Real Madrid del lunes 29.

Montilla ha dibujado tres posible escenarios: el de «Convergencia encadenada al PP», para hacer una política dura de derechas; el de «Convergència encadenada a Esquerra Republicana», con deriva soberanista garantizada, y solo si el PSC tiene mayoría suficiente habrá política progresista en armonía con España, sostiene Montilla. Se olvidó el todavía presidente de otra combinación que muchos en su propio partido propugnan: Artur Mas presidente -no parece haber otra- con algunas consejerías para los socialistas, o con apoyo exterior al menos, echándole la culpa de la coalición a la pavorosa crisis que padecemos: la antes llamada «sociovergencia» pero al revés, con Artur Mas al mando. Con esas incógnitas en el escaparate, pasemos a la trastienda. Hay un sector amplio de empresarios catalanes que temen que sus ventas en España se vean afectadas por el festival de consultas sobre la independencia y lo que venga, aunque unos pocos se apresten a poner dinero en el nuevo periódico independentista Ara (Ahora) que saldrá a los quioscos el próximo 28-N.

Se detecta un nutrido grupo de profesionales que en su día pudieron votar a Maragall, o a Convergencia, convencidos de que Cataluña puede ser la nueva Dinamarca en el seno de la Unión Europea. «Ninguna posibilidad de entrar en Europa -sostiene el ministro Ramón Jáuregui- porque el problema principal allí es la digestión de las numerosas y rápidas incorporaciones de los países que vienen del Este. Los Estados miembros no abrirán nunca una hipotética segunda vuelta para que entren Cataluña, el País Vasco o la Padania italiana».

En realidad, ya lo adelantó Mijaíl Gorbachov hace unos años, en conversación de sobremesa en Barcelona con Helmut Kohl y Jordi Pujol, después de que el entonces presidente le espetara: «Llegará un día, en el que ya no estaré yo gobernando, y Cataluña será independiente». «Si eso pasa -replicó literalmente Gorbachov-, en el mundo se generaría una tensión secesionista y las Naciones Unidas pasarían de doscientos países a cuatrocientos. Esto se haría ingobernable y perderíamos todos, empezando por Cataluña y el País Vasco». No nos lo han contado de segunda mano: estábamos entre los siete comensales.

¡Cómo estarán de tensas las expectativas que hasta pueden resucitar los debates Mas- Montilla que Convergencia rechazó porque no quería uno en catalán y otro en castellano. Si concentrar voto es la consigna, el debate interesa.

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