El paso peatonal del barrio chino presenta las imágenes más dramáticas de la frontera, con miles de porteadores llevando mercancías en condiciones inhumanas
29 ago 2010 . Actualizado a las 02:00 h.En Melilla hay cuatro pasos fronterizos. El del barrio chino es el único que solo permite peatones. La restricción es en realidad una reorganización del intenso tráfico de mercancías que sale diariamente hacia Marruecos, solo que por allí las mercancías no salen en camiones, sino a los hombros de porteadores.
La rutina del paso del barrio chino es un canto contra los derechos humanos. Cada peatón que cruza la frontera sube con un fardo que normalmente equivale a su propio peso. Y entre los porteadores hay menores, mujeres, ancianos, ciegos... A quinientos metros del paso, en una explanada, las furgonetas distribuyen los bultos entre los cientos de marroquíes llegados de toda la región. Los elegidos cargan con el bulto e inician una penosísima ascensión hasta la frontera. Cada viaje, en función del peso que soporten, les reportará entre dos y cinco euros.
La mayor parte del control en este paso lo ejerce la Guardia Civil. El ramadán se ha dejado notar esta semana y el tráfico humano ha disminuido notablemente. «Esto no es nada -explica un oficial del instituto armado-, aquí se juntan diariamente miles de personas». El oficial, a cargo del dispositivo que ese día presta servicio en la zona, está relajado. Algunos de los que suben lo saludan directamente. «Buenos días, gran jefe», dice uno que acaba de posar el fardo en medio de la agotadora subida. «Intente levantarlo», me pide el oficial. El porteador suda y sonríe ante el reto. Yo ya conozco el final antes de intentarlo. Ni con las dos manos consigo levantarlo lo suficiente como para hacer cuña con el pie.
-¿Qué? ¿pesa, eh?
Contrabando
El pequeño ejercicio que me ha brindado el oficial me permite poner en valor el esfuerzo de la caravana que, intermitentemente, en función de los transportes que llegan a la explanada, pasa la frontera con las mercancías de Melilla. Contrabando. «En tal caso, contrabando para Marruecos», contesta uno de los guardias civiles que vigilan la caravana: «Nosotros no tenemos por qué saber si van a pagar aranceles en Marruecos o no».
El oficial rechaza las acusaciones de brutalidad. Dice que los guardias llevan defensas, y a veces las usan, por meras cuestiones de orden público. La explanada es la jungla. Sobre todo cuando hay más porteadores que bultos. Todos quieren uno. Y rápido: entrar cuanto antes para volver a salir e intentar otro viaje. Tal vez un tercero. «Aquí hemos tenido muertes», explica el oficial de la Guardia Civil. Avalanchas por los bultos, porteadores pisados por la turba. «A veces, solo entienden ese lenguaje cuando sacas la defensa», confirma otro guardia con experiencia en la zona.
A media mañana, algunos locales que colaboran con la Guardia Civil aparecen con unas garrafas de agua que vierten sobre algunos de los sofocados porteadores. «Intentamos que esto sea lo más humano posible», dice el oficial. Pero resulta casi imposible dotar de una mínima humanidad la imagen de mujeres mayores aplastadas por el peso de enormes fardos en medio de una cuesta infernal, con todo el cuerpo tapado por varias capas de ropa y la certeza de que nunca volverán a poner recta su columna. O de los ciegos, que caminan con el fardo a cuestas y un guía, también cargado, detrás de ellos.
Traducción simultánea
Desde la mitad de la cuesta, el oficial me traduce una escena que se produce en la explanada. Una furgoneta llega y recibe la inmediata avalancha de los porteadores. En pocos minutos, vuelve a salir y el grupo se disuelve. «Hay más porteadores que bultos, así que el conductor ha cogido los pasaportes de los que va a contratar. Luego volverá y le dará un bulto a cada uno, con su pasaporte». Efectivamente, así ocurre al cabo de unos minutos.
La siguiente furgoneta sufre un acoso menor y muchos de los que se acercan se van enseguida. Solo ofrece dos euros. Hay demasiados brazos y los transportistas bajan el precio: «Esto es como la Bolsa», dice un guardia. Al poco, un ciclomotor sube con dos bultos hasta la primera valla de la Guardia Civil. Unos metros menos para el porteador. Una mujer y un chaval corren tras él. El chaval llega primero. Le ha robado el viaje a la mujer. Pero el otro porteador le afea su conducta y el chaval cede. La mujer se carga como puede e inicia la ascensión. Le queda medio kilómetro de infierno.