O reconvertimos Renfe o se nos escapa de las manos

Manuel Campo Vidal

ESPAÑA

Estamos en el siglo XXI y no basta con celebrar las bondades del AVE que ya enlaza trece capitales de provincia.

04 jul 2010 . Actualizado a las 02:16 h.

De una crisis como esta no se sale sin un paisaje sensiblemente distinto, entendiendo que las personas son árboles, las profesiones bosques, los ríos lágrimas, las empresas montañas (algunas, particularmente volcanes) y los políticos nubes que a veces dejan ver el sol y en ocasiones provocan tempestades. Con una espiral dialéctica pobre, unos y otros le están devolviendo a Zapatero la centralidad política soñada. «Como la gente entiende que no puede ser culpable de todo, acorralándolo así igual gana», fabula un socialista veterano. Para Joan Ridao, de Esquerra Republicana, la valoración de ZP de la sentencia del Constitucional sobre el Estatut «equivale al último parte de guerra de Franco». Para Aznar, que reapareció el viernes en los cursos de verano de FAES, «la culpa de la chapuza del Estatut es de Zapatero porque todo es un lío de socialistas que buscan hacer de España algo residual para seguir en el poder». Artur Mas advierte a Zapatero que «mida bien sus palabras porque la vida es muy larga». A la escalada se apunta María Dolores de Cospedal al decirle a Montilla «que tratar de marginar al PP en Cataluña, es un comportamiento antidemocrático y de corte fascista».

Truenos y rayos en el cielo, mientras en la tierra los problemas los vamos arreglando, aunque muy lentamente, al margen de si llueve o no. Como ha advertido Kenneth Rogoff, ex jefe económico del Fondo Monetario Internacional, «es muy difícil que España crezca en los próximos dos años». Puede ser, pero deberíamos salir de la crisis con un modelo económico de futuro y con las reestructuraciones imprescindibles listas.

En ese sentido, y aunque los medios apenas lo hayan destacado, es fundamental la luz verde que ha dado el Gobierno a la nueva Renfe, si se puede hablar en estos términos, al permitir que pueda reestructurarse para garantizar su viabilidad. Renfe históricamente fue el pozo negro de la economía franquista a donde se enviaban excedentes de cualquier desastre industrial público. Tanto daba, porque pagaba el Estado.

Llegó a tener más empleados que habitantes algunas provincias del interior de España. Hasta que llegó la democracia y empezó a moverse la compañía con un presidente, Alejando Rebollo, nombrado por Adolfo Suárez y, sobre todo, con Julián García Valverde, nombrado por Felipe González, Renfe no comenzó a reorganizarse y a alejarse del paradigma de ineficiencia en que se había convertido.

Pero estamos en el siglo XXI y no basta con celebrar las bondades del AVE que ya enlaza trece capitales de provincia y que entre este año y el próximo llegará a Cuenca, Valencia, Albacete, Alicante, León y Zamora. Sin olvidar que sus vías, aun sin tren AVE, servirán para acortar horas de viaje a Galicia, Murcia, etc. No basta con eso. O la Renfe -como tantas otras asignaturas pendientes en España- se reconvierte a los nuevos tiempos de la productividad, la eficiencia y la competencia exigida por la liberalización del transporte ferroviario, o acabará más pronto que tarde en manos de capital alemán, americano o chino.

De igual trascendencia que los nombramientos de los citados presidentes de Renfe por Suárez y González, puede situarse el empeño del ministro José Blanco depositado en manos de Teófilo Serrano, que un año después de su llegada ha convencido con su plan al Consejo de Ministros para que dé vía libre a la nueva Renfe, acaso el último tren para que esa compañía siga siendo española. O incluso más: que pueda emprender aventuras exteriores porque, advierte la CEOE, «la salida de la crisis vendrá de la exportación y la internacionalización».

Cierre de líneas

Blanco ya dio una pista el otro día: «Hay líneas férreas que deben cerrarse», y se atrevió a citar la de Madrid-Aranda de Duero-Burgos. Hay trenes que llevan seis pasajeros y alguno no salió de Madrid porque no se subió nadie. ¿No sería mejor pagar un taxi a los viajeros?

Hay otras que tienen menos del 10% de ocupación y cuyo mantenimiento es oneroso para quien lo pague, tanto da que sea el Gobierno o las autonomías. Por ese camino quizá salgamos de la crisis. A base de tormentas dialécticas, seguro que no.