La España post-Solé Tura inquieta

Manuel Campo Vidal

ESPAÑA

La progresiva pérdida del espíritu de reconciliación de la transición hace necesario recuperar la altura de miras de quienes elaboraron la Constitución, para renovarla

06 dic 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Hace 31 años, tal día como hoy, 6 de diciembre, pero de 1978, la ciudadanía votó masivamente la Constitución que daría paso al período de paz más duradero de nuestra historia contemporánea. De no haber sido por los azotes terroristas, que han costado mil muertos en este período, España, turbulencias económicas al margen, destacaría entre los lugares más idílicos del planeta para vivir. Y aun con todo, figura en la cabecera de esa clasificación.

Pero hay síntomas de que esa época muestra su agotamiento. La Constitución, de la que solo quedaron fuera los ultramontanos y ante la que solo se abstuvieron los vascos, necesita ser revisada. Y, sobre todo, renovado el pacto que la hizo posible. Aquella Constitución ha durado más de una generación, y podría durar varias, gracias al acuerdo central entre la derecha moderna de la UCD representada por Adolfo Suárez y el socialismo moderado de Felipe González, al que se sumó enseguida el centroderecha catalanista de Jordi Pujol. Pero fue tan amplio por dos personajes de dimensión en este caso histórica: Santiago Carrillo, con la brillante gestión institucional de Jordi Solé Tura, que metió en la Constitución a dos millones de personas por la izquierda, y Manuel Fraga Iribarne, que fue líder político y redactor constitucional a un tiempo, que sumó otros millones por la derecha más conservadora.

Los periodistas y los pocos invitados que tuvimos la inmensa suerte de estar en el hemiciclo el 30 de octubre de 1978, cuando los diputados votaban la Carta Magna, llevamos grabadas en la memoria algunas escenas imborrables de la reconciliación de las dos Españas. Por ejemplo, el sí rotundo y atronador de Dolores Ibarruri, la Pasionaria, que había vivido en el exilio desde la Guerra Civil; o el sí de Fraga y de Laureano López Rodó, entre otros que habían sido ministros de Franco. Cuando López Rodó y López Bravo votaron sí, un periodista comentó en la tribuna: «El Opus Dei apoya la democracia». Junto a ellos, diputados de Alianza Popular votaron clamorosamente no, como los ex ministros franquistas Silva Muñoz o Fernando Fernández de la Mora, autor de la obra El ocaso de las ideologías. «Menos la suya», se apostillaba entonces.

Revisar la Constitución, entre otras cosas para regularizar la posibilidad de que el heredero de la Corona pueda ser una mujer y no necesariamente un varón, como allí figura, puede hacerse con dos estilos: a la alemana o a la española. Los alemanes modifican regularmente aquellos artículos que quedan obsoletos sin más alharacas, mientras que en España la sola mención de cambiar la Constitución estremece y dispara las expectativas de algunos activistas.

Un pacto amplio

Pero más importante aún: el pacto político, que debe ser tan amplio como el anterior para sustentar la revisión de la Constitución, debe renovarse y para ello se requiere la altura de miras de aquellos personajes que redactaron la Carta Magna, los que la pactaron y los que la firmaron: Solé Tura, Miquel Roca, Fraga, Peces Barba, Gabriel Cisneros, José Pedro Pérez Llorca y Miguel Herrero de Miñón en el primer grupo; Abril Martorell y Alfonso Guerra en el segundo; y Suárez, González, Carrillo y Pujol entre los prescriptores. Con todo respeto para la clase política actual, de aquel nivel quedan poquísimos ejemplos. Y algo muy importante, además: el prestigio que, en aquel momento de recuperación de la democracia tenían los políticos, nada tiene que ver con el que tienen ahora.

Con la desaparición de Jordi Solé Tura acaba una época, porque «él era una de las voces más genuinas depositarias del espíritu constitucional», como acaba de decir José Montilla. Para él, «el pasado era el pasado y solo el futuro le interesaba [?], por lo que espero que ese futuro sea un viaje compartido con el recuerdo de su ejemplo», ha escrito Miquel Roca.

Ojalá sea así. Por eso, lo que haya que hacer habrá que acometerlo sin precipitaciones pero sin tardanzas. Este país exhibe una gran capacidad para la desmemoria y las nuevas generaciones están cada vez más alejadas del espíritu de la reconciliación. Por eso la España post-Solé Tura inquieta. Que su memoria anime a una acción política de altura sin las mezquindades que padecemos.