Rajoy no asistió al retorno de Aguirre, que se enfrentó a toda la Cámara defendiendo una propuesta de equidad en la financiación autonómica respaldada solo por el PP
02 dic 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Hacía diez años, desde que dejó el cargo de ministra de Educación en 1999, que Esperanza Aguirre no se subía a la tribuna del Congreso. Ayer lo hizo para defender una proposición de ley aprobada por la Comunidad de Madrid. Cuando dejó el Parlamento, era aún una política de bajo perfil, caricaturizada en programas de televisión como Caiga quien caiga. La de ayer era por tanto la primera vez que Aguirre hablaba en el Congreso como dirigente de primer nivel y aspirante incluso al liderazgo nacional de su partido.
Había expectación por ver a la lideresa. Pero no precisamente por parte de su rival en el PP, Mariano Rajoy, que devolvió el plantón que le dio Aguirre en el último comité ejecutivo popular y decidió no asistir a su retorno al Congreso. Esa rivalidad fue aprovechada por varios de los partidos que intervinieron para asegurar que, más que a defender una proposición de ley, Aguirre se subía a la tribuna para discutirle el liderazgo popular a Rajoy.
En lo estrictamente político, el objetivo de la propuesta de Aguirre era establecer por ley que el reparto de los fondos de la financiación autonómica se rija por el principio de equidad. Pero la presidenta madrileña convirtió el debate en un alegato cuya clave es el intento de ilegalizar los condicionantes al reparto de fondos del Estado introducidos en los nuevos estatutos de autonomía.
«He venido hoy aquí no para pedir dinero o para pedir privilegios para los madrileños, he venido a pedir equidad; equidad para los madrileños y equidad para todos los españoles», dijo Aguirre. Según afirmó, su propuesta se basa en el principio de solidaridad que se recoge en el artículo 2 de la Constitución. A pesar de su clara oposición a textos como la disposición adicional tercera del Estatuto catalán, que indica que la inversión del Estado en infraestructuras en Cataluña debe ser proporcional a su peso en el PIB español durante al menos siete años, la presidenta madrileña trató de atraerse de cara a la galería el apoyo de los partidos catalanes. Reclamó que el Estado invierta más en las regiones deprimidas «para que recorten distancias con las más prósperas», pero sin olvidar «a las más pujantes, como es el caso de Madrid o Cataluña» que sirven, a su juicio, «de motor para el resto».
Pero su estrategia no tuvo éxito. Su propuesta obtuvo el rechazo rotundo del portavoz de CiU, Josep Sánchez Llibre, que fue el único que ejerció el turno de réplica durante el debate y que calificó la propuesta de Aguirre como «un torpedo en la línea de flotación» del Estatuto catalán, al que pretende «dinamitar», además de un exponente de «la España uniforme y unitaria frente a la España plural».
Bono la dejó cerrar el debate
Pero no solo CiU se opuso. Tanto el PSOE como IU, el BNG e incluso UPyD, descalificaron la posición de Aguirre. El portavoz de IU, Gaspar Llamazares, tachó de «veto escasamente democrático» que se pretenda corregir a la mayoría parlamentaria que acaba de aprobar en el Congreso la nueva financiación autonómica, un argumento al que se sumó el PSOE. Ambos partidos, al igual que Rosa Díez, recordaron la contradicción de que el PP haya apoyado otros estatutos que incluyen cláusulas que condicionan las inversiones del Estado, como los de Andalucía, Baleares, Castilla y León o la Comunidad Valenciana. El PNV dijo no entender tampoco por qué se planteaba esa medida cuando el Parlamento ya ha fijado su posición hace pocos días, y anunció su abstención.
La más dura fue la diputada y presidenta del PSOE de Madrid, Delia Blanco, que dedicó su intervención a descalificar toda la política de la dirigente popular en Madrid y a recordarle incluso el caso Gürtel. Algo que, a su juicio, la incapacita para hablar de solidaridad. Aguirre, a la que se vio cómoda enfrentándose a la Cámara en el papel de Rajoy, obtuvo el permiso especial del presidente del Congreso, José Bono, para replicar a ese ataque, lo que le permitió decir la última palabra y marcharse saludando con sonrisa satisfecha.