No fue un error involuntario de Mariano Rajoy, como se publicó. Rajoy centró su discurso y sus réplicas sobre ETA, con la exigencia al Gobierno de entregar las actas de las reuniones, porque ese es el consejo del sociólogo de cabecera del PP, Pedro Arriola. El propio Arriola se lo confiaba hace pocos días a un destacado empresario: «Nosotros hablamos para nuestro público, que debemos tener movilizado y activo. Al final abriremos el temario, pero ahora toca ETA y ETA porque eso nos beneficia». Eso explica lo que está sucediendo. El discurso de Rajoy; la tensión en el décimo aniversario del execrable asesinato, a cámara lenta, del inocente Miguel Ángel Blanco; el anuncio del traslado de sus restos a la aldea orensana de donde proceden sus padres y todo lo que viviremos en los próximos meses: ETA como asignatura única, aderezado todo con declaraciones como la de Aznar esta semana al acusar a Zapatero de «salir al rescate del gran asesino colectivo». El propio empresario que confía a este periódico la estrategia de Arriola se refiere al ex presidente del Gobierno en estos términos: «Aznar está desbaratado. Hacía meses que no hablaba con él y no tiene nada que ver con lo que fue. Me impresionó. Está realmente desbaratado». Podemos comenzar a escribir ya el guión de lo que nos espera hasta las elecciones, salvo los imprevistos, que siempre los hay, y a veces dolorosos: el PP hablará constantemente de ETA y su coro mediático minimizará los éxitos policiales, realmente admirables en las últimas semanas, deteniendo etarras e impidiendo atentados. Y el Gobierno hablará de todo lo demás, de avances sociales, de política de investigación, como la que se presentó en Vigo, y de aspectos más cercanos a la ciudadanía, a la que apenas se dirigió durante meses. Todo, lo de unos y otros, con sabor electoral. Realmente tiene suerte ETA porque si existiera un pacto de políticos y medios de comunicación para reducir su existencia a la mínima expresión, lo tendría más difícil. Pero terminará la legislatura sin un día en que no haya ocupado grandes titulares. La primera época porque Zapatero soñó con acabar con la violencia y la última porque Rajoy cree que le beneficia electoralmente explotar el fracaso del presidente en su aproximación a la banda. De poco, o de nada, servirá a los socialistas alegar que Suárez, Calvo Sotelo, González y Aznar también lo intentaron y fracasaron, porque la banda exige para dejar las armas lo que no se le puede conceder. Más vale que se vayan preparando a que se les pidan responsabilidades por el próximo atentado mortal que se produzca. Entretanto, en Madrid, al margen de esto, se vive en la superposición de dos mundos: el económico, que marcha realmente bien, aunque una hipoteca cueste más ahora que hace un año, y la habitual guerrilla de rumores. Sobre el mundo económico es interesante observar el discurso innovador de algunas cajas de ahorros, por ejemplo de la recién fusionada Cajasol. El presidente de la entidad, el andaluz Antonio Pulido, indicaba en una conferencia que «el parón relativo del mundo inmobiliario está llevando a revisar el patrón de crecimiento sobre el que se venía asentando la buena marcha de la economía española en los últimos años». Estima este economista de 41 que lo que está sucediendo es muy interesante para que los empresarios diversifiquen y el patrón de crecimiento se renueve. Hay ralentización del ladrillo, pero se crece en servicios. Mejor así. Esta es la España real y luego vienen los rumores. Primero fue sobre el adelanto de elecciones que llevó a un diario madrileño a titular a cinco columnas, en primera, una fecha probable, el mítico 28 de octubre, citando -eso era lo más disparatado- fuentes vaticanas. Ahora, la película va sobre el supuesto desembarco de Rodrigo Rato en las listas del PP. No hay conversación veraniega sin Rato en la mesa. Otros han intentado utilizar el episodio para debilitar a Mariano Rajoy y esperan ávidos las «caras nuevas» anunciadas en el PP, para después del verano, para confirmar sus predicciones. Bastará que entre esas incorporaciones aparezca el ex ministro Juan Costa, ratista donde los haya, para que la historia les cuadre. Pero no hay margen: Mariano Rajoy será el candidato, sin duda, y tiene ciertamente posibilidades de ganar por más que algunos, incluso en el PP, esperaran de él, al fin y al cabo un ex ministro del Interior, que no utilizara la política antiterrorista como lo está haciendo. Rajoy puede ganar porque tiene una base muy importante de personas, cercana a diez millones, dispuesta a ir a votar. Y Zapatero, aunque no es descartable que tenga algo más, como indican las encuestas, está por ver que logre movilizarlos. Así están las cosas a la entrada del verano. Si Zapatero pudiera, en contra de lo que decía el rumor de adelanto, estiraría la legislatura para distanciarse lo más posible del bombazo de la T-4 esperando a que la utilización constante de ETA en manos del PP se degrade. Por eso hay quien habla de ir hasta mayo, como legalmente sería posible, o al menos a mitad de abril. No sólo hay partido, como decíamos la pasada semana a la salida del debate parlamentario, con socialistas excesivamente eufóricos y populares un tanto desconcertados. Hay partido por jugar, muy reñido, y si de Zapatero depende, se enlazará con la prórroga.