Crítica | Gastronomía COMER EN ESPAÑA: Villena En plena Plaza Mayor, deliciosamente provinciana en el mejor sentido de la palabra, nos topamos con este restaurante modernista, original y, en aquel lugar, provocativo
11 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Claro, lo suyo, lo nuestro, lo de la mayoría, consiste en ir a comer cordero o cochinillo asados al Mesón de Cándido, al Mesón Duque, al Mesón José María, y esto es lo ortodoxo en la preciosa capital, destrozada este verano por las obras públicas (y notorias), y en su privilegiada provincia, donde veo por doquier huellas alarmantes de «progreso»: la infausta alianza de ediles y ladrilleros toma ya visibles posiciones en este bastión de belleza, naturaleza, arte e historia. Pero a lo que íbamos: Julio Reoyo consiguió su justa fama en los fogones de Doña Filo, hecho insólito si se considera que restaurante y fogones están situados en Colmenar del Arroyo, pueblecito de Madrid que cae muy lejos y a desmano de la capital, y hace tres años desembarcó con armas, bagajes y plenos poderes en este Villena (Plaza Mayor, 10, Segovia, tno. 921 461 742). Doña Filo es «mi casa», como afirma Reoyo muy seguro de sí mismo con reminiscencias de E.T, pero no pasa nada: allí monta guardia y le lleva todo muy bien Inma Redondo, compañera de su vida y fogones. Aquí, en Segovia, Julio es la cabeza visible y máximo responsable de Villena, muy bien apoyado en sala por Bienvenido Ángel de la Esperanza (hágase en mí según tu palabra), quien por cierto hace gala de una prodigiosa memoria al tomar la comanda. Aforo para 35 comensales en dos plantas, bodega en lo que fuera despacho de billetes de autobús y peculiar decoración: el cliente se siente observado desde las paredes por las efigies del staff, sentadas en una sala de cine o teatro: en primera fila están Julio (que cuando sea mayor se parecerá a Santi Santamaría), y Bienvenido (yo me creí que era Paul McCartney). Pero, siéntense, lectores, y comamos. La carta, heterodoxa, tiene aperitivos breves, entradas para compartir, «de la mar el mero» y por fin el «magro», dos menús degustación a 35 y 40 euros respectivamente, más IVA, y eso es lo que hay. Como vino de la casa nos ofrecen un Emilio Moro crianza, lo cual me parece muy bien. Y en fin, empezando por el epílogo de «mi» degustación, diré que me encantó en sabor, melosidad y textura la carrillada de ternera estofada (18 ¿), si bien detecté unos dulzores excesivos, producto, supongo, de la calabaza acompañante. También me pareció excelente el cochinillo confitado de mi «pari» (18 ¿). Del apartado de aperitivos me hizo gracia el osado jugo translúcido de tocineta con foie gras, anguila ahumada y coliflor, y me defraudaron un poco las croquetas de cochinillo y langostinos (6 ¿ las tres piezas), muy promovidas por el bienaventurado Bienvenido. La carta impresa termina con la alentadora frase «si algo no les ha agradado... desearíamos ser los primeros en saberlo, sinceramente, gracias» lo que me anima a declarar, nobleza obliga, que el jarrete de cordero lechal confitado a la canela y sobre un hojaldre de setas estivales y su propio jugo, que tomó nuestra amiga Begoña, no me gustó nada, francamente. Su olor y sabor resultaban... «ovejunos».