Marisa Sánchez, alma de Echaurren «Yo he sido cocinera desde que nací: jugaba a las comiditas»
ESPAÑA
Echaurren (Héroes del Alcázar, 2, Ezcaray, La Rioja, tno. 941 354 047) constituye siempre una referencia lúdica, lírica, entrañable, para quienes alguna vez hemos pasado por allí... procurando que fuera sin prisas, haciéndonos los remolones, dejándonos envolver por los aromas domésticos de la cocina, regodeándonos con los sabores ya casi imposibles de las patatas a la riojana de Marisa y también con el mimo que esta familia dispensa a sus clientes y amigos, unidos por ellos en un mismo concepto. La semana pasada vinieron a Madrid con Marqués de Riscal, según conté en esta página, y me dije que no tenía más remedio que entrevistar a Marisa Sánchez Echaurren, matriarca, alma mater, maestra y excelsa cocinera: la atrapé y aquí se la sirvo, lector, como un manjar... - Marisa, has nacido entre fogones, vivido entre fogones, triunfado en los fogones; cuéntame cómo pasó. -Pasó con la mayor naturalidad. Nuestro restaurante había sido casa de postas en el siglo XIX, y cuando llegó el ferrocarril de vía estrecha Haro-Ezcaray mis mayores la convirtieron en hostal-restaurante. Llegaban ingenieros agrónomos para cuidar nuestros bosques, gente bien. Y la tía Andrea, tía más bien de mi madre, que desde siempre elaboraba unas mermeladas, unas gelatinas y un cabello de ángel de mucho cuidado, se fue soltando más y más en la elaboración de platos suculentos de toda la vida, pasándole luego el testigo a mi madre. Yo jugaba a la vera de nuestra casa con mis amiguitas y pensaba «¡hay que ver lo bien que huelen los guisos de mamá, y vaya suerte que tienen estos señores tan principales!» Jugábamos a las casitas, y me reservaba el papel de cocinera, tratando de imitar con las hierbas silvestres las pencas de mi madre. Cuando crecí la cocina me esperaba, y aprendí enseguida a hacer pencas de verdad. A los 15 años me tocó preparar una comida sola, nada menos que para una boda, y a los 17 mis padres se fueron a Madrid para ocuparse de la Pensión Arrieta y me quedé sola. - En el 57 te casaste con tu marido Félix Paniego, compañero sempiterno de tu vida, y entre fogones empezasteis a hacer Panieguitos -Sí, con muchas alegrías porque siguieron mi vocación, con penas horrendas, como la pérdida de nuestro hijo Luis, totalmente vocacional y gran promesa frustrada. En 1987 me dieron el Premio Nacional de Gastronomía. Mis hijos siguen como una piña en torno mío, trabajamos juntos. Continúo haciendo cocina tradicional en el restaurante La Cocina de Mi Madre y Francis la suya, creativa, en lo que llamamos El Portal de Francis, y en ambos continuamos mimando a nuestra fiel clientela.