Crónica política
13 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.La desmesurada agresividad del Gobierno Aznar contra el Gobierno Maragall , aún antes de constituirse, anuncia tiempos difíciles en la relación Cataluña-España. Mala herencia para Rajoy . Se esperaba una ofensiva popular contra el tripartito que sustituirá a 23 años de pujolismo pero nunca tanta, ni tan temprana crispación, como la expresada el viernes por el ministro portavoz. Mientras en Madrid se pregunta quien fue el guionista de Eduardo Zaplana para el desaguisado -Zaplana ni habla así, ni es dado a citas de Calvo Sotelo -, en Barcelona se percibe cómo la agresión fortalece a los coaligados y, desgraciadamente, refuerza los argumentos de los más radicales. En Cataluña hay alta tensión por el relevo en la Generalitat porque se entiende que no hay cambio de gobierno sino un auténtico cambio de régimen. Cerrar un cuarto de siglo de historia no es cuestión rutinaria. Pero la tensión procede de descolocados y sorprendidos que no solo son altos funcionarios y empresas habitualmente contratantes con la Administración. Hay alcaldes convergentes, por ejemplo en la bahía de Roses, en Girona, que lanzan rumores sobre paralización de licencias en la Costa Brava para sembrar la alarma. Y de paso profieren graves insultos contra el president. El empresariado -o más bien el sector que algún momento se alarmó- recobra la serenidad sobre todo después de la intervención pacificadora del Circulo de Economía. Y parte de su serenidad procede precisamente de que la alianza de Carod Rovira sea con Maragall y no con Mas . «Maragall controlará mejor a Carod -sostiene un empresario de la construcción consultado por La Voz- porque tiene al cordobés Montilla junto a él y al PSOE detrás. Lo malo para mí es que mi socio prefería la alianza nacionalista y llevamos días muy malos. Espero no terminar mal». Al igual que esta pareja empresarial acusa la tensión, la familia nacionalista anda muy revuelta con algunas dimisiones -menos de las esperadas en Esquerra- por la alianza con los socialistas. Y se especula con un trasvase muy nutrido de convergentes a las filas republicanas. Ya han tenido más de mil afiliaciones desde la victoria pero no solo convergentes y los oportunistas de siempre: en buena parte es gente nueva, muy ilusionada. «Es que ese mundo es un continuum -señala el catedrático Julián Santamaría - porque basta observar que el antiguo secretario general de Convergencia, Pere Esteve , milita en Esquerra y su homólogo de Esquerra, Angel Colom , en Convergencia». Y, por cierto, para tranquilidad de los empresarios, hay que recordar que el antecesor de Colom en Esquerra, Joan Hortalá , preside ahora la Bolsa de Barcelona. La tensión por tanto viene del impacto -incluso emocional- del relevo, pero no del miedo al gobierno de izquierdas, como aseguran algunos comentaristas tocando la partitura escrita en Moncloa, porque más del 70% de los catalanes pedían cambio, según las encuestas de Doxa. Y el cambio posible era solo ése. Un gobierno presidido por Mas sería continuidad aunque se apoyara en Esquerra en vez del PP. Y Maragall, no se olvide, perdió votos porque no se le identificaba suficientemente con el cambio. Con ese cuadro escénico, esta semana tendremos a Maragall en la presidencia de la Generalitat - y no solo como «una reina madre a la sombra de Carod» según pronóstico de Piqué -, con la necesidad imperiosa de hacer cosas cuanto antes y acompañado de la incógnita de cómo afectará electoralmente a Zapatero. Que este nuevo Gobierno catalán hará cosas importantes y limpias, cabe esperarlo razonablemente. Esta gente sabe gobernar y quizá por eso genera tanta animadversión. Maragall lideró la Barcelona moderna, hizo los Juegos Olímpicos, movió montañas dinero y aún es hora de que se hable de una comisión o de una mala gestión. Con él estará Joaquín Nadal el que fuera eficaz alcalde de Girona. Y así sucesivamente. Salvo sorpresas inesperadas, gobernarán limpio y a toda velocidad para desmentir insidias y recuperar tiempo perdido aunque tres meses hasta las generales es poco. Zapatero sólo puede esperar en ese tiempo agresiones del calibre de las que comenzaron el viernes al término del Consejo de Ministros pero el PP debe medirlas bien porque tanta hostilidad puede enfrentarle a parte de la ciudadanía. Más grave aún es que esa campaña dejará un poso anticatalán peligrosamente separador en España y alentador de elementos separatistas en Cataluña. Mariano Rajoy, aunque a corto plazo beneficiado electoralmente, deberá gestionar en el futuro ese desencuentro. No le hace favor alguno Aznar: después de dejarle enconado el País Vasco sin haber sabido controlar la deslealtad constitucional de Ibarretxe , le incendia la relación con la Generalitat. Y una política exterior pacientemente construida en años, es sacrificada en todo el mundo tras su alianza con Bush. Si a Pujol le sobraron dos legislaturas y a Felipe González por lo menos una, a Aznar siete años le hubieran venido mejor que ocho. Y desde luego a su sucesor en el partido y previsiblemente en el Gobierno.