DESDE EL CENTRO
16 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.UNO de los graves problemas de este mundo es la falta de credibilidad de sus líderes políticos. Están hechos a la medida de los grandes poderes económicos por lo que carecen de la autoridad moral e incluso de la inteligencia necesaria para hacerse oír y respetar en situaciones de crisis. Eso es lo que pasa con Bush, que llegó casi de «carambola» a la Casa Blanca y que parece que siempre habla en nombre de las multinacionales. No obstante es el jefe del Impero y eso impone mucho respeto. Por eso, la guerra contra Irak es inevitable. La percepción es que, en los últimos días, los países más reacios a un ataque han rebajado su nivel crítico. Hasta Schroeder cambiará de actitud después de las elecciones alemanas. Esto nos llevará a que la ONU lance un «ultimátum» de imposible cumplimiento por parte de Sadam y la maquinaría se pondría en marcha. Falta por saber si el Consejo de Seguridad tiene la habilidad de relacionar las resoluciones incumplidas por Irak con las que tampoco han respetado otros países como Israel. Si fuera así se lograría dulcificar también las posiciones del mundo árabe. De entrada, Arabia Saudí ya sugiere que prestaría su territorio para el conflicto. Lo único que falta por perfilar son los argumentos para atacar y, sorpresivamente, se anuncian pruebas hasta ahora no desveladas: que Sadam entrenó a Al Qaida y que podría tener armamento nuclear. La razón de fondo está en el petróleo y en que no conviene tener a un enemigo en una zona tan caliente del planeta. Los cálculos son de un enfrentamiento breve para que el alza del precio del barril no dificulte la recuperación económica. Después con el reparto del «botín», llamado «crudo», entre todos los que participen, bajarían los precios y comeríamos perdices. A su vez Bush podría presumir de haber extendido su poder y alardearía de haber acabado la guerra inconclusa de «papá». Claro que, a lo mejor, atrapan al doble de Sadam y el auténtico se esconde con Bin Laden. Sería para nota.