Supervivientes del bombardeo quieren que el Gobierno español pida perdón Ni el Alzheimer más cruel puede borrar de la memoria de los supervivientes la lluvia de bombas que cayó sobre Gernika hace 64 años. Ni el Alzheimer, ni la democracia. Los que viven para contarlo discuten sin llegar a un acuerdo la propuesta de Ibarretxe. ¿Debe el Gobierno español pedir perdón por el bombardeo? Muchos creen que sí, y rememoran el día que los aviones alemanes tiñeron de sangre la villa.
27 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.onrado Ibarretxe mira al cielo gris de Gernika y con mano temblorosa traza el surco de los aviones alemanes. «Entraron por allí», dice, como si todavía sintiera el zumbido de los motores en algún recóndito lugar de la memoria. Como Conrado, gudari de 84 años y dos consejos de guerra, otros muchos supervivientes recuerdan con viveza aquel aciago 26 de abril de hace 64 años. La mayoría, sobre todo los más nacionalistas, creen que el Gobierno español debe pedir perdón por la masacre. «El Gobierno alemán ya lo ha hecho», recuerdan algunos. Y es que, como dice Alejandro, que tenía once años cuando frecuentaba los refugios antiaéreos, «los alemanes son como de casa». Uno de los frontones de la localidad se sufragó con la liquidez del marco y los niños de las ikastolas se bañan en una piscina de cortesía germánica. «Deben pedir perdón, pero yo ya les he perdonado», murmura un paradójico Conrado Ibarretxe, que lleva su txapela como quien lleva una reliquia en la cabeza. «Pero bueno, yo ya le digo que no soy español. Soy vasco. Que se arreglen ellos», añade, mientras comenta con sus compañeros de tertulia que de aquella vieja Gernika no queda casi nada. Quizás algo de la estación del ferrocarril, quizás el viejo roble seco de la Casa de Juntas. Quizás un cuadro en el museo del Prado. «Sabían dónde tiraban las bombas, porque las iglesias quedaron enteras», ironiza Alejandro. En el hogar de jubilados, en la misma plaza donde aquel lunes de 1937 se celebraba el mercado, los lavabos conducen directamente a los refugios antiaéreos. Isidro Urízar camina con el ralentí de las muletas y guarda un cronómetro de la desgracia en su cabeza. «El día del bombardeo tenía doce años y medio y dos días». Sus compañeros ríen. Él se acuerda de dos amigos del colegio que perdió en los escombros y guarda como un tesoro dos pesetas que tenía en la mano aquel día. «Son monedas de Euskadi, no las cambio por nada». En Gernika, el recuerdo es como tocar carne viva, pero Isidro Urízar, después de darle unas cuantas vueltas a la cucharilla del café, lanza un argumento de la escuela de los lógicos contra la petición de perdón: -¿Si el padre es un cabrón, el hijo también tiene que serlo?, pregunta desafiante. -Pero hombre, si hasta los alemanes, que son unos cabezas cuadradas, pidieron perdón, le responde otro. -Si estos son unos chavales -comenta Alejandro sobre el Gobierno de Aznar-, ni siquiera habían nacido cuando aquello. Aquello es casi esto en este Dresden vasco. «Nagasaki», exagera un abuelo absorto en un crucigrama, que aporta la comparación como si fuera una casilla más del pasatiempo. Su amigo cuenta que de chico recogía y deshojaba maíz en los montes cercanos. Cuando caían las bombas, se escondían en unas oquedades que llaman caleros. «Me pasé más tiempo en el agujero que recogiendo maíz», dice. El jueves hizo 64 años de aquel cielo plagado de Stukas. Bendito tópico: parece que fue ayer.