Los empleados públicos, en el centro de la polémica, estiman que pasarán años antes de cobrar los atrasos Silencio administrativo. Los funcionarios se han quedado mudos. Hace semanas que no hablan de otra cosa, pero ante la prensa callan. Están quemados, hastiados de ser el «pim, pam, pum» del Gobierno y los ciudadanos. Los pocos que dicen algo afirman ser víctimas aún de aquella imagen del funcionario que se labró en la Dictadura. El hombre de la visera, los manguitos y el «vuelva usted mañana». Dicen que han cambiado. Que la función pública no es lo que era. También tienen claro que no cobrarán los atrasos que les corresponden. Estiman, en el mejor de los casos, que el proceso durará años.
02 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Se cuenta que en una ocasión un hombre entró en la Delegación de Hacienda de A Coruña y, exasperado, le terminó por decir a la funcionaria que le atendía: «Sepa, señorita, que a usted le pago yo». «¿Ah, sí? Pues ya tenía yo ganas de conocer al cabrón que me pone el sueldo», le espetó ella, como si llevara años imaginando el improperio y ya hubiera preparado la respuesta. María y José Manuel trabajan en esa misma delegación. Esta semana finalizó el plazo para entregar el IVA y a ellos les toca bailar con la más fea. «El funcionario que da la cara ante el público -afirman- paga las consecuencias de una mala organización administrativa de la que no tiene culpa». Luego hay que contar con lo que ellos llaman «el españolito de a pie, que deja todo para el último día». Cuando acaban los plazos, se pone más personal en ventanilla, «pero es imposible que no se formen colas». En todo caso, aseguran, «se ha mejorado muchísimo en la atención al público». Denuncian también que la revisión de sueldos a la que obliga la sentencia de la Audiencia Nacional es sólo la punta del iceberg: «La estructura salarial de los funcionarios es diferente a la de la empresa privada. Los convenios colectivos suelen incluir cláusulas de revisión para compensar la diferencia entre el IPC estimado y el real. A nosotros esa desviación no nos la pagan y, con el paso de los años, eso se nota mucho. Antes, un funcionario que empezaba se podía meter en un piso. Ahora, los jóvenes se lo piensan», afirma María.