Los otros «presos» de Nanclares

MELCHOR SÁIZ-PARDO. Colpisa Enviado especial NANCLARES.

ESPAÑA

Los compañeros de trabajo de Máximo Casado aseguran que tienen «pánico» a ETA y reconocen su temor a ser «los próximos» Los trabajadores de la prisión de Nanclares de Oca, adonde cada día acudía Máximo Casado, mascullaron ayer su dolor en privado y protegidos por una valla metálica. Los más de 250 funcionarios del mayor recinto penitenciario del País Vasco recordaron la figura del fallecido como la de «un trabajador nato, tan preocupado por sus compañeros como por los internos». Ellos, antes que nadie, supieron que la bomba que había estallado en la calle Beato Tomás había asesinado al que fuera su «amigo» durante los últimos quince años. Los funcionarios no ocultan su «pánico» a ETA y su miedo a vivir en Euskadi.

22 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

«Es un dolor muy íntimo, han matado a uno de los nuestros y el mejor homenaje que podemos hacerle es dentro de estas paredes», explicaba ayer uno de los más cercanos colaboradores de Casado desde el interior del vigilado bunker en el que se convirtió tras el atentado la cárcel de Nanclares a la que ayer debía haber acudido Casado como jefe de turno. Ni siquiera en la vivienda del interior del recinto, donde residen los funcionarios, se veía movimiento. La miniciudad penitenciaria se empeñaba en no hacer ver su dolor. «¿Para qué? ¿Para que vean el daño que nos han hecho? Pues sí, nos han dado en el corazón, nos han partido el alma con el asesinato de una de las mejores personas que han trabajado en instituciones penitenciarias», comentaba, sin ocultar su ira, un funcionario. No ajenos a la tragedia que se respiraba en el interior del recinto, los primeros familiares de presos comunes acudieron para visitar a los reclusos. «Tampoco de ellos han faltado las condolencias; en estos casos, la familia penitenciaria es una, aunque unos estén detrás de los barrotes y otros estemos fuera», explica un empleado de la prisión que, bajo ningún concepto quiere que se conozca su identidad. Etarras «¿Miedo? Pánico es lo que sentimos desde hace casi cinco años; este asesinato nos va a provocar meses de tristeza y años de temor a que los siguientes seamos nosotros», confiesa este funcionario, que día a día «convive desde la distancia» con algunos de los 31 etarras (27 hombres y cuatro mujeres) que hay en la prisión. «No he querido ni pasarme por esa zona. he tenido miedo a no saber controlarme y decirles lo que de verdad siento, pero eso hubiera sido firmar una posible sentencia de muerte». La entrada de Nanclares se convirtió ayer en un continuo ir y venir de funcionarios que, pese a estar librando, dejaron a sus familias para estar con sus compañeros. «Han venido casi todos y eso que gran parte de ellos vive fuera del País Vasco por miedo, precisamente, a lo que hoy _por ayer_ ha ocurrido, porque da igual que tomes todo tipo de medidas, si quieren ir a por ti terminarán matándote», señala uno de los responsables de la cárcel. «Nos están obligando a vivir como ratas, como delincuentes en la clandestinidad, mientras los etarras y sus compinches campan por sus respetos en la calle», grita con voz entrecortada otro funcionario que ayer debía haber compartido con el asesinado su turno de trabajo. «Lo hemos sabido antes que nadie, cuando por la radio hemos oído que había explotado una bomba cerca de la casa de Máximo, y él se retrasaba ya diez minutos, hemos sabido que era la víctima, porque Máximo nunca llegaba tarde al trabajo».